¡Es Casey!
La luz de la única farola que hay cerca no permite distinguir bien a la persona que sale del coche. O eso quiere pensar Rick; «no puede ser», se dice para sus adentros.
—¿Quién es, quién es?, ¿ves quién es? —pregunta insistente y ansiosamente Harlan, con la mano preparada para girar la llave de contacto.
Rick duda un instante qué contestar, se resiste a creer lo que está viendo; la cara no se distingue por la oscuridad pero la dificultosa forma de andar tan característica y la silueta de un anciano con el pelo blanco y algo escaso son pruebas definitivas. La decepción consigo mismo y una profunda frustración hacen que un escalofrío recorra todo su cuerpo y le cosquilleen las manos. Ve como el juez Casey apenas es capaz de levantar los pies del suelo, arrastrándolos y encorvado, avanzando como un penitente en la penumbra.
—¡Es Casey!, ¡es el juez Casey!, ¡vamos! —exclama por fin Rick.
En cuanto suena el motor, Casey, sin dudar un instante, gira sobre sí mismo y va de vuelta hacia su coche, que todavía tiene muy cerca.
Con un fuerte acelerón y en apenas unos segundos, el coche de Harlan llega frente al del juez, que ya lo está encendiendo; tuvo que haber dejado las llaves puestas.
Harlan duda un instante; si baja, en ese poco tiempo Casey ya habrá puesto el coche en movimiento; acerca la mano a la pistola, en su costado.
—¡No, no!, espera —le grita Rick —. No puede escapar; es imposible, no sé qué pretende.
Cuando el coche del juez gira enfilando la carretera pasando justo por delante del coche de Harlan, Casey mira hacia ellos aunque no los pueda ver, cegado por la luz de los faros. Su expresión no es la de un hombre asustado; perseguido. Es tranquila e incluso amable y conduce relajadamente, sin ningún acelerón.
—¿Qué demonios piensa hacer?, ¿a dónde va? —pregunta un ansioso Harlan.
—Sigámoslo.
Lo que sí tiene Rick muy claro es que este no es un asesino típico; no hará nada de lo que se esperaría de un asesino en serie. Está completamente convencido de que ni pretende escapar ni les tendrá preparada ninguna trampa. No tiene la menor idea de lo que hará pero tampoco tiene ninguna duda de que no pondrá en peligro a personas inocentes.
Durante unos pocos minutos van siguiendo el coche de Casey, que conduce de forma tranquila y prudente, aunque la actitud de Harlan sigue siendo tensa y ansiosa, como si estuviese conduciendo a toda velocidad. Él no lo conoce; no tiene la misma confianza en la actitud del juez pero sí cree en el criterio de Kaplan, aún a pesar de su evidente error.
La última cena
Al final, apenas cinco minutos después, el coche de Casey pone la intermitente a la izquierda y se adentra en el amplio aparcamiento de tierra de una aislada cafetería de carretera que está aún abierta, completamente iluminada. Tiene todo el frontal con el color y la forma que imita a un autobús greyhound, probablemente parada habitual de descanso de una de esas líneas.
—Despacio, despacio —dice Rick mostrando la palma de la mano.
Casey, sin mirar atrás, baja del coche y accede tranquilamente al interior de la cafetería.
—Déjame que vaya yo —pide Rick a Harlan mientras este detiene el coche.
—Sí, sí, mejor; ya os conocéis. Yo vigilo; echaré un ojo alrededor, por si acaso. Ten cuidado, Rick.
Durante esa breve conversación, Casey se pidió un café y está sentado apaciblemente a una mesa de la cafetería, que está muy iluminada por dentro y sólo hay otro cliente que será el conductor del camión; el único vehículo aparte de los suyos que está en el aparcamiento de clientes.
Cuando Rick entra, Casey lo saluda levantando la mano y con un gesto con la cabeza, y esa expresión tan agradable que le caracteriza, como si no hubiera nada más lejano a él que haber intentado matar a alguien hace sólo unos minutos. En el corto trayecto desde la puerta hasta la mesa, Rick atiende hasta al menor detalle que tenga a la vista de toda la cafetería. Todo pinta tranquilo y en completa normalidad.
El juez sonríe y extiende la mano, invitándolo a sentarse frente a él.
—Señor Kaplan, por favor. Me alegra verle; no se hace a la idea de la satisfacción que me da que sea usted.
Rick se sienta. Un panel metálico al final de la barra le permite ver reflejada la puerta de entrada, a su espalda. Ya acomodado hace un gesto con los brazos, pidiendo una explicación por la situación.
—Ambos sabemos por qué estamos aquí. No le tengo preparada ninguna sorpresa; puede estar tranquilo. Me dejaría matar antes de hacerles algún mal a ustedes. Ahora ya por fin se hará justicia. Sólo quiero pedirle una cosa; le parecerá una tontería.
—Usted dirá.
—Sólo déjeme tomar una última cena. No serán más de quince o veinte minutos. Con usted. Por favor.
En ese momento la camarera llega con un plato de huevos fritos con chorizo y una gran sonrisa.
—Aquí tiene, señor Casey. Buen provecho. ¿Qué desea tomar el caballero? —dice volviendo la mirada a Rick.
—Nada, muchas gracias.
La camarera se retira y Casey mira fijamente a Rick, esperando el permiso para tomar esa cena.
Rick asiente con un leve movimiento de cabeza al mismo tiempo que se acomoda.
—Pero no se demore más de lo necesario, por favor.
—Claro que no, muchas gracias. No sabe lo que se pierde, vengo mucho aquí, me encanta como cocinan. Y este local… —termina diciendo mientras mastica el primer bocado y gira la cabeza repasando todo el interior de la cafetería.
—¿Por qué?, señor Casey. Ya sabe a lo que me refiero —añade tras una breve pausa.
—Ya sabe por qué, vamos, señor Kaplan. Sé que no lo aprueba ni comparte el método pero ya sabe el por qué. No eran personas que hayan cometido un error. Eran el mal en sí mismo. No eran hombres que fueran a recapacitar y encaminar su vida hacia el bien de ninguna de las maneras. E igualmente sé que tengo que pagar por mi parte igual que ellos; no intentaré huir de mi responsabilidad. Soy culpable y pagaré por ello.
Tras escuchar esta última frase, a Rick no se le ocurre nada oportuno que añadir.
—¿Sabe qué? —continúa Casey—. Lo sé todo sobre usted; me han informado muy bien. Toda la historia de su familia, toda su vida. Le siento casi como un pariente. Sus padres, su difunta esposa… oh, Dios, lo que he rezado por el alma de ella. Sé que no lo entenderá pero… —hace una pausa, como si se hubiera pensado mejor decir lo que pretendía—. Es un honor que sea usted.
—¿Que no entenderé qué?
—No importa, no importa. Ya he terminado. Muchas gracias, señor Kaplan.
Casey se levanta con dificultad y paga la cuenta, despidiéndose amablemente de la camarera.
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Alcatraz
Matthew Casey fue encarcelado y varios meses después fue juzgado. Probablemente alguien haya intercedido por él. El fiscal del caso pidió la pena capital, como se esperaba, pero en el transcurso del juicio ni él ni el juez del caso pusieron el menor empeño en que esa fuera su condena.
Finalmente fue condenado a cuatro cadenas perpetuas mas seis años por intento de asesinato. Casey colaboró por completo y reconoció hasta el último detalle de todo lo ocurrido, incluso la intención de matar a Carson. Mostró un sobrecogedor arrepentimiento y pidió perdón a las familias de las víctimas. Su abogado basó todo el caso, seguramente en contra de su voluntad, en que Casey jamás haría daño a una persona inocente.
No es de extrañar que se ganó la simpatía de mucha gente, sumado a lo peculiar de que una persona como él sea un asesino en serie, algo que llamó la atención de la prensa de todo el país.
Cumplirá su condena en la prisión de Alcatraz, en la bahía de San Francisco, a donde suelen llevar a los asesinos más sanguinarios. Matthew Casey no volverá a vivir en libertad.
La trayectoria de Deveraux fue investigada y se demostró su corrupción. Sus antiguos casos debieron de volver a ser juzgados y Carson fue encarcelado con una dura pena, como merecía.
En todo ese tiempo, Rick no se sacó el caso ni a Casey de la cabeza. Su entorno estaba convencido de que era debido a su decepción por haber tenido al asesino delante de sus narices y haberlo descartado pero él veía algo más. Sí, es cierto que estaba avergonzado y decepcionado consigo mismo y era consciente de ello pero aún así, también estaba convencido de que, por algún motivo que no alcanzaba a comprender, había algo más que se le estaba escapando; algo no le terminaba de encajar. Una de esas cosas que se te van grabando en la cabeza hasta que no hay manera de sacarlas pero que no sabes si al final no será más que humo que viene de esa parte profunda de la mente que va a su aire.
Repasó mentalmente cada minuto y cada palabra de todo el caso. Investigó la vida del juez y descubrió que su esposa había sido asesinada hace unos quince años en Nueva Orleans durante un viaje turístico. Un ladrón los abordó a punta de pistola en un callejón y cuando intentó arrancarle por la fuerza a su esposa el reloj de pulsera, Casey forcejeó con él, el ladrón disparó y la bala le dio a ella mortalmente. Sus conocidos le dijeron que el asesino recibió una condena mucho más leve de la esperada, alegando que el asesinato fue accidental y que no tenía intención de disparar, culpando incluso a Casey por ello. Al final, entre unas cosas y otras, a los siete años ya estaba fuera de prisión; algo a todas luces detonante para la cruzada justiciera de Casey.
También descubrió a sus amigos del geriátrico, íntimos desde que eran jóvenes. Pensó que quizá de ellos pudiera sacar alguna cosa y decidió ir a visitarlos.
—Buenos días caballeros, gracias por recibirme.
—¿Qué quiere? —le pregunta Rob con cara de pocos amigos.
Rick les explica la investigación y les comenta sus dudas de que algo queda sin descubrir. Apela a sus conciencias mientras ellos escuchan en un riguroso silencio.
—Mí no entender —afirma finalmente Jeb.
—Oh, discúlpele —dice Rob—, al pobre se le ha ido la cabeza y está convencido de ser un jefe indio.
Rick los mira con cierta cara de incredulidad.
—Oiga —continúa Rob—, permítame la pregunta, ¿de qué monte se ha escapado usted? Noto un ligero tufo a caballo, ¿puede ser?
Rick ya es perfectamente consciente de que le están tomando el pelo vilmente y esboza una leve sonrisa.
—Rostro pálido no ser de fiar, yo ver en sus ojos.
—Vamos, caballeros, por favor. ¿Creen que así le están ayudando?
—Chaval, ¿saben tus padres que estás aquí? ¿Quieres que los llamemos para que te vengan a buscar? —pregunta Rob.
—Oh, por favor —responde Rick ya levantándose, con una expresión mitad frustración y mitad sonrisa.
—Marchar, tú marchar. ¡Estas tierras no ser tuyas!
—¡Adiós! —le grita Rob mientras Rick ya se está alejando—. Por favor, no llores, venga, ¡polluelo! —ambos ancianos rompen en carcajadas.
Rick no mira atrás; les hace un gesto de despedida con la mano pero no les entrará al trapo. Aunque ahora mismo le gustaría retorcerles el pescuezo, la verdad es que en el fondo esos dos viejos le han caído bien.
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Leavenworth
Cuatro meses después, Rick acude a una reunión de veteranos en Salt Lake y aprovecha para hacer una visita a Harlan en su despacho.
Tras ponerse al día de sus cosas, Rick se sincera.
—¿Sabes?, en todo este tiempo no me he sacado el caso del juez Casey de la cabeza.
—A mí me pasa lo mismo —confirma Harlan—. Nunca he tenido un caso igual, ¿sabes?, durante el juicio llegué a coger cariño a ese hombre. ¿te lo pues creer? ¿Un agente del FBI que le coge cariño a un asesino en serie? Debo de estar perdiendo la chaveta. Si se entera mi jefe me saca de aquí de una patada en el trasero.
—Es cierto, es muy difícil asociar a ese hombre tan amable y simpático con las cosas que hizo, es increíble, sin embargo mi preocupación no va tan por ahí; tengo la sensación de que se nos queda algo en el tintero.
—¿A qué te refieres?
—Sinceramente, no tengo ni la menor idea de a lo que me refiero, pero no para de darme vueltas en la cabeza. Quizá alguna cosa que en el momento pasé por alto por insignificante, a lo mejor durante la visita a su casa, no lo sé, no puedo decirte más que cosas sin sentido pero es como si mi subconsciente me estuviera gritando que hay algo más.
—Rick, no te atormentes. Lo que te pasó es mucho más normal de lo que piensas. A mí también me pasó alguna vez de tener al culpable delante de las narices y no verlo en el primer momento. No seas tan exigente contigo mismo. No te lo digo por decir, es la verdad; eso es muy habitual, créeme.
—Eso me dice todo el mundo pero aún así, no creo que sea por eso, en serio. Creo que este caso es atípico en todos los sentidos.
—Tendríamos que repasarlo todo punto por punto para poder buscar algo.
—Eso ya lo he hecho mentalmente mil veces.
—Por cierto —añade Harlan—, no tendrá nada que ver pero precisamente Casey pidió el traslado de Alcatraz por motivos de salud. La humedad de la bahía. Se lo concedieron hace algo más de un mes.
—¿A dónde lo han enviado?
—Creo que… espera.
Harlan se levanta y revisa unos archivos.
—A Leavenworth, en Kansas.
Matthew Casey acaba de conseguir un puesto en la lavandería de la prisión de Leavenworth. En el poco tiempo que lleva allí, ya se ha ganado a casi todos los guardias. No sólo por su carácter si no también por sus consejos legales acerca de hipotecas, herencias, etcétera. Es un protegido y los demás reclusos saben lo que eso significa. Si alguien le toca un pelo lo pasará verdaderamente mal.
En su sección de la lavandería trabaja con otros dos reclusos. Es un trabajo cómodo y poco exigente.
Tras escuchar a Harlan, Rick se recoloca inquieto en la silla dándole vueltas a la cabeza, intentando sacar algo de donde no acaba de estar seguro de si hay algo.
—¿Sabías que a su esposa la mataron hace unos quince años en Nueva Orleans? —pregunta Rick.
—Sí, lo sé.
—Eso tiene que ser el detonante de todo lo que hizo pero ¿por qué tantos años después? ¿Se jubiló y se sintió más sólo que nunca? ¿Y por qué se entregó tan fácilmente?, es casi como si nos esperara. No sé, hay tantas cosas sobre él que quedan sin respuesta…
—No sé qué decirte, yo no lo conocí personalmente pero es cierto que todo es muy atípico. Colaboró y pidió perdón pero nunca dio explicaciones sobre sus motivaciones; eso es verdad. Aunque tenga que ver con lo de su esposa, que haga eso tantos años después… No le veo sentido.
Puede parecer que doblar toallas no es un trabajo muy atractivo pero dentro de una prisión sí lo es, sobre todo si eres un hombre mayor. El primer recluso le trae un pequeño montón de toallas recién lavadas y ya secas, Casey se encarga de doblarlas y cuando ya las tiene listas se las entrega al tercer recluso, apenas a cuatro pasos de distancia, que las introduce, colocándolas en montones perfectamente ordenados, en un gran carro de lona con ruedas. Además, la espalda de Casey ya vuelve a estar bien, o al menos dentro de la normalidad.
Con Mike Soto, que es el que le trae las toallas, el juez ya tiene confianza y casi se podría decir que amistad; un ladrón de bancos que ya lleva ocho años allí.
—¿Sabes qué? Casey cuando hablaba no daba puntada sin hilo. De las dos veces que hablé con él nunca me mintió. La primera vez, cuando salió el tema de los asesinatos no dijo nada en realidad que no fuera verdad; simplemente llevó la conversación por otro lado. Estoy seguro de que en las cosas que dijo está la clave.
—¿Piensas que podría haberte dado una pista?
—Sí pero no intencionadamente. Creo que al cuidarse tanto de no mentir… ¿sabes?, a ver tú qué piensas. Cuando fui a su casa, después cuando ya me iba me dijo algo que en el momento me llamó la atención pero tampoco le di más importancia. Ahora, tras darle tantas vueltas a todo lo que me dijo creo que perdí la perspectiva.
—¿Qué te dijo?
—Cuando nos despedimos me dijo: «espero que termine de hacerse justicia», o algo así. En la cafetería también me dijo algo parecido —dice Rick mirando a Harlan con expresión expectativa.
—Espera, ¿quién fue el que mató a su esposa? —pregunta Harlan retóricamente mientras se acaricia la barbilla—. Recuerdo que era un delincuente de poca monta de la ciudad. Nosotros no tenemos ninguna investigación sobre él. Deja que haga unas llamadas.
Casey, cuando tiene ya doblado un montón de seis toallas, se gira y se las entrega a Al Gentry, que es el encargado de meterlas en el carro. Gentry es el típico bocazas que siempre está intentando hacerse el gracioso. Los primeros minutos puede parecer simpático pero enseguida cansa y es incapaz de darse cuenta de eso. Casey y Soto de vez en cuando fingen una sonrisa a sus gracietas pero la verdad es que ya ni siquiera le están escuchando.
Ese día, cuando llevan unos veinte minutos trabajando, en uno de los lotes de toallas que trae Soto hasta Casey, el primero mira fijamente al juez y mueve los ojos con los párpados bien abiertos hacia las toallas que acaba de dejar, como haciéndole una seña.
Harlan tiene que llamar a tres personas hasta conseguir encontrar la pista del hombre que buscan.
—Sí… el asesinato de Barbara Casey, en Nueva Orleans. Fue en el año 38.
Rick se revuelve en la silla, cada vez más inquieto por no poder escuchar la voz al otro lado del teléfono.
—¿Alfred qué?… Y… sí, sí, y… OK pero ¿sabes cuál es su paradero ahora?… Sí.
Harlan mira a Rick mientras espera la respuesta.
—¿Preso en dónde?… ¡¿en serio?!…
Con el teléfono aún pegado a la oreja, Harlan se gira hacia Rick con los ojos como platos.
—¡Alfred Gentry!, ¡está actualmente preso en Leavenworth!
—Oh Dios, oh, Dios… —dice Rick inclinándose hacia abajo y llevándose ambas manos a la cara.
Casey se acerca para entregar otro lote de toallas a Gentry pero esta vez se queda quieto ente él.
—Gentry, no te acuerdas de mí, ¿verdad?
—No, ¿por qué?, ¿debería?
Gentry ni siquiera se fija en la extraña manera que tiene Casey de sujetar las toallas esta vez, con la mano derecha oculta bajo la primera de ellas. La verdad es que en una persona como él nadie vería nada sospechoso.
FIN
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[Edición 1.2 20260213]


