Unas tierras al este
Es una fría pero soleada mañana de primavera. Rick y su madre, Ethel, están en la cocina. Ella está sentada a la mesa, desayunando con una taza de café en la mano y él está preparando algo en la encimera. Las cortinas tiñen toda la estancia de un leve color amarillento a la luz del sol matutino.
Ethel está con la mirada perdida, pensando. El silencio es absoluto excepto por las tablas del suelo que murmuran un leve crujido cada vez que Rick cambia la pierna de apoyo. Un cuchillo le cae y el sonido devuelve a Ethel a la realidad.
—Ayer estuve con Marta —dice aún con la mirada en ninguna parte.
—¿Qué Marta? Ah, ¿Marta Larkin?
—Sí. Bueno, el caso es que las tierras de los Larkin…
—¿Qué Larkin?
Ethel mira a su hijo esperando a ver si se da cuenta de lo absurdo de su pregunta pero este está de espaldas, enfrascado en lo suyo, y ni siquiera repara en que su madre no le responde.
—¿Pero qué es lo que estás haciendo? —dice ella inclinándose hacia atrás y entornando la vista por encima de las gafas.
—Un batido.
—¿Y por qué siempre haces esos mejunjes aquí? ¿para no ensuciar tu casa?
—Puede.
Ethel suspira antes de dar otro sorbo al café.
—Bueno, lo que te iba a decir es que estuve hablando de lo de los terrenos con tu padre…
En ese momento se escucha abrirse la puerta principal y las voces de Jeremías y de Juan hablando a viva voz rompen la quietud.
Ethel deja la taza, se levanta y se encamina hacia el salón, donde está la entrada.
—Ven —le dice a su hijo—, vamos a hablar de una cosa.
—Voy.
En el salón, Ethel se encuentra con su marido y con Juan.
—¿Dónde está Rick? —pregunta Jeremías.
—En la cocina, ya viene. ¿Le dijiste a Juan de ir hoy?
—Sí, ya me dijo —confirma Juan—. Podemos ir ahora.
—¡Rick! —grita Ethel mirando hacia la puerta que da a la cocina.
—¡Ya voy!
Ethel se sienta en un sofá esperando a que venga su hijo y Jeremías y Juan también se sientan. Esperan un momento en silencio acompasado por el tic-tac del reloj de pared y unos leves ruidos desde la cocina.
—A Marta le parece muy buena idea —dice ella un momento después para entretener la espera—. Tienen más tierras de las que pueden manejar.
—Sí —le confirma Juan—, y no es lejos.
Rick sigue sin aparecer. Mientras se hace otro instante de silencio siguen llegando ruidos de cortes con cuchillo sobre una tabla desde la cocina y Ethel se desespera.
—¡Richard Theodore Kaplan! ¡¿harás el favor de venir de una maldita vez?!
En la cocina se escucha un gruñido y un golpe de cubiertos sobre la encimera.
—Si es que es como un niño —dice Juan arqueando las cejas con expresión de cansancio.
—Y tú no metas cizaña —le dice Ethel severamente.
Rick por fin aparece dando ruidosos pasos, molesto por la interrupción.
—Rick —dice ella—, lo que te iba a decir antes es que acordé con Marta que podíamos ir hoy a ver esos terrenos. Podríais ir Juan y tú.
—Bufff… eeh… ¿pero ahora? —dice rascándose la cabeza.
—Pues… sí, es buen momento —dice mirándolo fijamente—. ¿Qué pasa? Vaya día que tienes, chaval. ¿te levantaste con el pie izquierdo?
—Echarles un ojo y negociar un precio —añade Jeremías.
Juan y Rick acuerdan ir a caballo, campo a través, siendo uno de los primeros días del año en que el suelo no está cubierto de nieve. Es menos de media hora de camino.
Mientras salen, Ethel ya está con los brazos en jarras y bufando, viendo como le dejó la cocina su hijo.
—Madre mía, no veo a los Larkin desde hace más de veinte años —dice Rick un poco después de salir—, en el 32, cuando murió Pat, lo recuerdo perfectamente. Vinimos al velatorio un par de días antes de marcharme a Los Ángeles.
—Son muy buena gente. Les echamos una mano para salir adelante pero Marta pudo con todo; es una mujer increíble. Tu madre se hizo muy amiga de ella desde aquello.
—Sí, lo sé. Tengo un buen recuerdo de ellos; Pat era un buen tío. Él fue quien me dio a probar por primea vez el alcohol cuando tenía unos diez años. Estaban bebiendo pa y él y en un momento en que papá se fue al váter, él me ofreció un sorbo con cara de pillo. Me dijo algo como que eso era lo que bebían los irlandeses para poder construir el mundo y luego una ristra de improperios sobre los chinos. Y tenían dos hijos, ¿no?
—Sí, chico y chica. Pero están creciditos; verás que han crecido muy bien.
Los Larkin
Un poco después llegan al rancho Larkin. Mientras atan los caballos, Marta sale a recibirlos con una amplia sonrisa. Es una mujer algo corpulenta y vigorosa de cincuentaimuchos.
—¡Madre del amor hermoso, Rick, qué alegría verte después de tantísimo tiempo!
Se acerca hasta él y le da un caluroso abrazo acariciándole la espalda con fuerza.
—¿Sabes?… Hola, Juan, a ti ya te tengo muy visto —añade mientras intercambian una sonrisa de complicidad—. ¿Sabes, Rick?, es mucho tiempo desde la última vez que te vi y sin embargo sé cada minuto de tu vida. Tú madre me lo cuenta todo. Oh, Dios, como lo sentí cuando lo de tu esposa.
—Muchas gracias, señora Larkin. Para mí también es una alegría volver a verla después de tanto tiempo. Precisamente le contaba a Juan que tengo muy buen recuerdo…
—Pero venga, pasad. Venís en el momento justo; hay café recién hecho. Debéis de estar muertos de frío.
Cuando entran, alguien entra al mismo tiempo por la puerta de atrás y llega al salón donde ya están ellos.
—¡Vaya! —exclama un hombre joven no muy alto pero robusto—. ¿Rick? —pregunta acercándose a él adelantando la mano para estrechársela con una amplia sonrisa.
—Este es Kermit, mi pequeño. ¿Te acuerdas? —dice mientras ellos se dan un afectuoso apretón de manos.
Es la viva imagen de su madre, con la piel blanca lechosa, algunas pecas y ojos de color azul muy claro.
—Madre mía, Kermit. La última vez que te vi eras un niño pequeño. ¿Cuántos tienes ahora?
—¡Treinta!
—¡Shari! —grita Marta mirando hacia la puerta de la cocina.
—¡Voy! —responde una voz de mujer.
—Pues es una pena, ¿sabe?…
—Oh, Rick, tutéame, vamos, nos conocemos de toda la vida —dice mientras con un gesto de la mano les invita a sentarse.
—Sí. Decía que es una pena, cuando me volví a Wyoming no quería ver a nadie…
—Es normal; dímelo a mi.
Kermit sirve café para cada uno y los va repartiendo, mostrando leche y azúcar gesticulando para no interrumpir la conversación.
—El caso es que eso se me acabó haciendo una mala costumbre y ahora que los veo me da pena haber dejado pasar tanto tiempo.
—¡¡Shari!! —vuelve a gritar Marta pero con más fuerza.
—¡Que ya! caray.
Marta se santigua con un teatral gesto de desesperación; son católicos de origen irlandés. Sobre una cómoda que está bajo un Cristo crucificado colgado en la pared, además de algunos adornos y fotos tienen también una figurita de San Patricio en un lugar privilegiado, dominando la escena como si estuviera en el proscenio y vigilando todo lo que pasa en la casa.
—Bonnie tuvo que irse temprano a Jackson —dice Kermit—. Bonnie es mi esposa —aclara mirando a Rick.
—Ah, bien. Espero tener la oportunidad de conocerla.
—Pues sobre lo de las tierras, Marta —añade Juan—, dijo Ethel…
—Sí, claro, ya contaba con que vendríais. Podemos ir ahora a verlas si queréis.
—Por nosotros perfecto. Ya…
—¡¡Rose of Sharon Larkin!! ¡¿puedes hacer el favor de venir de una santísima vez?!
Juan da un disimulado toque con el codo a Rick. En la cocina se escucha un gruñido seguido de pasos firmes que se acercan.
—¡Alabado sea Dios! —exclama Marta a viva voz cuando ve aparecer por fin a su hija—. Mira, Rick, esta mujer que por fin nos obsequia con su presencia es mi hija, Sharon, ¿te ac..?.
—¡La solterona! —añade Kermit con sonrisa maliciosa.
Sharon es una mujer muy guapa y esbelta pero viene con la cara enfurruñada por la interrupción, aunque intenta disimularlo.
—Hola, Sharon —saluda Juan.
Rick se levanta para estrecharle la mano y Sharon se acerca con el mismo gesto. Los ojos de él hacen un rápido movimiento hacia las botas de ella, como si hubieran llamado su atención, sucias de barro y gastadas, además de pantalones vaqueros y camisa de cuadros de franela.
—¿Señor Kaplan? —dice ella con una voz en el fondo dulce pero que parece entrenada para aparentar grave y potente.
—Señorit… —comienza a decir Rick al mismo tiempo que ella sin querer le pisa el pie.
—Oh, perdón. Lláme…
—No es na.., ¿que?
—Decía que pue…
—Ejem, ¿que?
—Nada, nada. Encantada de volver a verle, señor Kaplan.
—Igualmente, señorita Larkin.
Los tres espectadores no saben si tomárselo un poco a broma o muy a broma y se hacen unos instantes de cómico silencio, con tres personas que se tutean, amagando sonrisas y que no saben qué decir y otras dos que se tratan de usted, muy serias y esperando a que alguien rompa la situación hablando de cualquier cosa. Juan carraspea. Sharon se sienta y mira al suelo y Rick centra su vista en San Patricio, en visión de túnel. Se fija en que las luces y sombras que se proyectan en la figurita hacen parecer que el santo está riéndose.
Marta junta las manos de golpe, como un aplauso, y es la que rompe el inquietante momento comenzando a hablar.
—¡Bueeeeno! pues estos señores tenían la intención de ir a ver los terrenos de Dell Creek. ¿Los acompañamos?
—Bufff… —reacciona Sharon pero rectifica ante la penetrantemente azul e intensa mirada de su madre—, pues sí, ¿por qué no? podemos ir ahora.
Kermit ya se levantó como por un resorte, sonriente y con ganas de salir.
—¡Pues hala!, vamos allá —dice animando a todos.
Al poco de salir, Kermit se fija en el caballo de Rick y mira a Sharon, que también lo está mirando pero de reojo, disimuladamente, mientras cabalgan hacia los terrenos.
En menos de diez minutos llegan hasta allí. Descabalgan y Marta les explica donde están los límites de cada uno. Son dos terrenos casi parejos. Amplios y fértiles, casi llanos, entre pequeñas colinas y protegidos de los gélidos vientos del norte por la cordillera. Un arroyo linda con uno de ellos. Tras una pequeña charla y un pequeño paseo de Rick y Juan echando un vistazo al suelo, dejan a los visitantes un rato a solas para que decidan en privado.
—Shari, ¿te has fijado? —dice mientras tanto Kermit a su hermana, señalando el caballo de Rick.
—¿Eh? no. Ah, sí… ya veo. Qué bien.
En ese momento Rick y Juan se acercan y dan el visto bueno y comienzan a negociar. Son perfectos para plantar comida para los animales y guardarla para todo el invierno. Marta les ofrece un precio de arrendamiento más que justo por ellos y cierran el acuerdo muy rápidamente. Se dan un apretón de manos y comienzan una animada pero banal charla entre todos sobre heno y alfalfa y caballos. Sharon está atenta pero algo distante y Kermit se da cuenta de que no preguntará a Rick sobre su caballo. En cuanto se hace un instante de silencio, aprovecha la oportunidad.
—Oye, Rick, menudo mustango que tienes. Qué maravilla de caballo.
—Sí, es muy bueno aunque caprichoso como un niño. Se llama Margaret.
Todos sueltan una carcajada.
—¡¿Margaret?! ¿es una broma?
—Qué va. Cosas de mi padre. Mejor no preguntes.
—¡Ah! ¡ahora entiendo! —exclama Kermit con una amplia sonrisa—. Eso sólo podía ser cosa de Jeremías.
—Cómo no —responde Rick negando con la cabeza.
—¿Lo domaste tú?
—No, qué va. Lo tengo desde el 49. En aquélla época yo estaba en Los Ángeles y no podía venir mucho por aquí.
—Claro, ¿pues sabes por qué te lo pregunto? porque Sharon anda detrás de uno muy parecido como una loca desde hace algunas sema…
—Kermit —le interrumpe Sharon con sequedad—, eso no les importa.
—¡Es que no quiere ayuda la señorita! —exclama él abriendo los brazos—. Lo capturó pero se le escapó y ahora no consigue volverlo a atrapar. El caballo es tremendo. Si se doma bien…
—No lo sabía —dice Juan mirando a Sharon—. Podemos echar una mano.
—No hace falta, yo puedo.
—Ya lo sé, sólo por ayudar. Podemos ir los cuatro y queda como en familia.
Rick permanece callado, sin mostrar el menor entusiasmo por el reto. Juan lo mira animándolo a que diga algo.
—Sí, claro. Podemos ir.
—Eh… no sé, pues ya se verá —contesta Sharon rápidamente—, venga, vamos que hay trabajo que hacer.
Todos volvieron a montar sin estar muy seguros de si Sharon accedió o no y se encaminaron de vuelta al rancho Larkin hablando aún de las tierras y de plantar. Al llegar allí, Juan fue el que intentó deshacer la incertidumbre.
—Bueno, pues entonces ¿qué os parece si vamos mañana a por ese caballo? Podemos venir a eso de las… ocho, por ejemplo.
—Sí —dice Kermit para animar a su hermana—. Venga Sharon, lo pasaremos bien. ¡Cuatro vaqueros en busca de un caballo!
—Bueno, venga —confirma ella sin el menor entusiasmo.
—¿Siete y me…? —dicen Sharon y Rick al unísono.
—Perdona —dice él.
—Nada. Sí, siete y media mejor.
Sharon se despidió con sequedad y desapareció yéndose hacia las caballerizas.
Volviendo ya a casa, Juan está asombrado por el comportamiento de Rick.
—¿Qué pasa? ¿Cómo puede ser que a ti no te apetezca ir en busca de una caballo?
—No pasa nada. No sé… no me apetece.
—¿Sabes? nunca hasta ahora que os vi juntos había caído en lo mucho que os parecéis, Dios mío, ¡sois iguales! ¿Es por eso que…?
—¿A Kermit? ¿si?
—No —dice Juan secamente—, ¡a Sharon!
—¿Pero qué tonterías dices?
—Pues claro. ¿A qué viene si no esa estúpida tensión? como a la defensiva. Tú no eres así. ¿Cómo puede ser que no tengas interés en ir a por un caballo? ¡Y con Miss Wyoming!
—¿Miss Wyoming?
—¡Pues sí! bien podría serlo.
—Pues no sé, Juan, no me fijé en eso —dice Rick con desdén y mostrándose harto con la conversación.
—Vaaaale, Rick, vale. En fin…
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Mustang
A la mañana siguiente, cuando apenas está empezando a despuntar el día. Juan llega a buscar a Rick a la hora acordada pero este ya está allí esperando y mostrándose como si ya estuviera cansado de hacerlo.
—Buenos días.
—Sí. Venga, vamos —responde Rick ya espoleando al caballo.
Más tarde llegan al rancho Larkin habiendo hecho todo el recorrido sin mediar palabra.
Kermit ya está en el porche de la casa, saludándolos efusivamente cuando los ve acercarse y se va a avisar a su hermana.
Sólo un instante después de detenerse frente a la vivienda, ambos hermanos ya aparecen montando en sus caballos.
—¡Buenos días, caballeros! —saluda Kermit animadamente.
Sharon emite una especie de gruñido a modo de saludo y escupe hacia un lado. Por encima de los pantalones vaqueros lleva unos zahones batwing iguales que los de Rick y todos se fijan en el detalle pero nadie dice nada. Sólo Juan mira a su amigo asomando una sonrisa y una ceja levantada.
—Bueno pues aquí estamos —dice Sharon—. Sé que la manada estaba ayer por Raspberry ¿sabéis? —pregunta con los ojos entrecerrados.
Juan y Rick dudan.
—Por el nombre…
—Da igual, seguirnos.
Durante media mañana se mueven zigzagueando por colinas suaves, al sur de la cordillera Gros Ventre. Es un terreno sencillo para cabalgar pero con hondonadas que pueden ocultar fácilmente de la vista a una manada pequeña de caballos.
Un poco antes del mediodía llegan a los pies de Raspberry; un pequeño monte. Hay pisadas de caballos por todas partes pero no les parece que sean de hoy.
Descabalgan para beber y descansar un rato.
—Parece que fueron hacia el norte —dice Rick de cuclillas mirando y tocando el suelo.
—¿Qué eres? ¿un indio? —pregunta Sharon en tono burlón.
—A lo mejor sería buena cosa dividirnos en dos grupos —añade Juan—. Hacia el norte hay bosque; va a ser complicado.
—Sí —dice Kermit—. Rick, ¿tú y yo? Yo puedo reconocer a ese caballo.
Rick y Sharon se apresuran a mostrar su acuerdo con la propuesta y un momento después reinician la marcha separándose.
Kermit se pasa la primera media hora hablando como una cotorra, ansioso y necesitado de compañía masculina. Aunque Rick no es de muchas palabras, ambos congenian muy bien y eso le pone de mejor humor del que esta teniendo estos días.
Un par de horas después de separarse, con bosques ganando espesura progresivamente, Sharon y Juan aparecen a toda prisa avisando de que encontraron a la manada un poco más al este y los cuatro se dirigen hacia allá.
Los mustangos están en una pequeña hondonada; son siete caballos. El que Sharon quiere se reconoce antes de que lo señalen. A Rick le recuerda el día que vio al suyo por primera vez.
—Pode… —comienza a decir Rick pero al instante Sharon sale disparada hacia ellos arreando a su caballo enérgicamente y gritándo que la sigan.
—¡Ya está! —exclama Kermit enfadado mientras comienza a seguir a su hermana—. ¡Como hay público tiene que hacerse la valiente! ¡sin pensar!
La embestida se tuerce desde el primer momento. Algunos árboles entorpecen la carrera hacia ellos y la incertidumbre de los otros tres jinetes sobre lo que hará Sharon hace que se desorganicen torpemente y se tengan que esquivar entre ellos. Los caballos escapan sin mucha dificultad hacia la espesura.
—¿¡Pero qué demonios hacéis?! —grita Sharon tras descabalgar, con la cara roja como un tomate de ira.
Rick y Juan no se atreven a abrir la boca.
—¡Pero Sharon…! —comienza a decir Kermit pero es inmediatamente interrumpido.
—¡¿Pero Sharon qué?! ¡Si os estabais moviendo como zorros enjaulados! —dice gesticulando ostensiblemente con los brazos.
—¡Es que saliste disparada sin decir nada! No nos dio…
—Oh, ¡por favor! —exclama ella girándose para darles la espalda, haciendo un aspaviento con los brazos.
—Vale, vale, es verdad —dice Rick en tono apaciguador—. Lo hicimos muy mal pero ahora estamos tras su rastro; habrá otra oportunidad. No es el fin del mundo.
Sharon parece aceptar el armisticio con cara de resignación y los brazos cruzados, mirando hacia otra parte.
Tras el fallido intento, fueron siguiendo el rastro de la manada, que volvía hacia abajo, a las colinas de donde habían venido, hasta que se empezó a hacer tarde y decidieron acampar.
Hicieron una fogata y cenaron con lo poco que llevaban de comer cuando el sol ya parecía estar apoyado en las cumbres del oeste.
—Oye, Sharon —dice Juan—, aún fue ayer que conocí tu nombre completo. No sabía que te llamabas Rose of Sharon. ¿Sabes el libro de Steinbeck? Es uno de los preferidos de Rick, que hay un personaje que se llama igual.
—Sí, lo sé.
—¡Lo leyó dos veces ya! —exclama Kermit.
—Si es que si fuerais hermanos no os podrías parecer más —insiste Juan sonriendo, a lo que Rick y Sharon reaccionan negando con la cabeza.
—Al que me llame Rosasharn le meto la cabeza en la hoguera —dice ella con expresión amenazante [pulsa el 1 para ver nota]1.
—¿No te parece, Kermit?
—¡Pues os la cambio! —añade el hermano alegremente—. Que se la lleven Ethel y Jeremías.
—No sabes lo que dices, chaval —le replica Juan sonriendo—, Sharon es la versión buena. Ya me estoy imaginando a Dios después de hacer a Rick: «Vaya, pues me salió bastante mal el elemento este» —dice fingiendo una voz grave—. «Creo que será más fácil hacer uno nuevo que intentar arreglarlo». Entonces hizo a Sharon.
Mientras Juan hace su actuación, Kermit y Sharon ríen a carcajadas. Ella hace sonar su risa por encima de la de su hermano adrede para dejar claro el desprecio a su gemelo de mala calidad. Rick intenta fingir que también se divierte con una sonrisa acartonada, de las que no salen por más que lo intentes.
Siguieron charlando un buen rato de mil cosas, principalmente Juan y los Larkin, hasta que se hizo noche cerrada al mismo tiempo que Rick iba volviendo a retraerse en sí mismo, dando nada más que monosílabos aunque tampoco terminaba de entrarle el sueño.
Al final, Kermit y Juan dieron las buenas noches y se acostaron. Sharon se recostó ligeramente pero aún sentada; tampoco parecía tener sueño y los dos estuvieron largo rato mirando el fuego en silencio.
Después Rick se lio un cigarro y cuando se disponía a encenderlo, fue interrumpido por ella.
—Vaya, ¿y no invitas?
—Perdona, no sabía…
Rick comienza a liar otro hasta que, cuando se dispone a cerrarlo pasando la lengua por el papel se detiene y mira de reojo a Sharon.
—Sí, mejor deja, ya lo cierro yo —dice levantándose y asomando cara de asco.
Antes de que Rick pueda hacer el amago de recorrer su parte de la distancia que los separa, con cuidado de que no se caiga el tabaco aún sin cerrar, Sharon ya se lo está quitando de la mano y se vuelve a su sitio al mismo tiempo que cierra el cigarro pero cuando va a sentarse, se le cae entre la hierba.
—Oh, mierda.
Se agacha para buscarlo pero la luz de la fogata no es suficiente y es difícil de encontrar. Entonces ocurre algo que sobresalta a Rick, que estaba absorto.
—¡Oh! ¿me estabas mirando el culo?
—¿Qué? ¿quién, yo? ¡No! —responde mostrándose ofendido.
—¡Te he visto! ¡Me estabas mirando el culo!
—Oh, por favor, qué mujer más engreída.
—Y tú qué guarro
—Bah, no tengo por qué aguantar esto —dice acostándose para dormir, dando la espalda a Sharon.
—Sí, escóndete.
—Buenas noches, Rosasharn.
Sharon, ya sentada, en un arrebato de ira busca lo que más a mano tenga y le lanza a Rick con violencia un palito que impacta justo al lado de su cabeza. Él se da cuenta pero lo ignora, dándose por satisfecho al ver que la molestó.
Sharon encendió el cigarro que ya había encontrado pero apenas le dio un par de caladas, tensa y moviendo un pie nerviosamente a un lado y a otro hasta que lanzó el pitillo contra la fogata y se acostó a dormir.
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A la mañana siguiente, tanto Sharon como Rick tardaron bastante en despertar y además con malas caras. Rick fue el último y lo despertó una conversación poco amistosa.
—…quizá no haya sido muy buena idea esto —alcanza a escuchar a Sharon.
Cuando se incorpora, ella está apartándose del grupo, llevando la silla hacia su caballo. Juan está sentado algo cabizbajo y Kermit está recogiendo algunas cosas sin la cara risueña que le caracteriza.
Rick da los buenos días con un gruñido apenas audible, se sirve un café y comienza a tomárselo con unos ojos rojos que no terminan de abrirse y casi sin levantarlos de la taza. En un momento levanta la vista vagamente hacia Juan, enfrente de él al otro lado de la fogata, y lo sorprende mirándole fijamente, serio. Este le hace un gesto de saludo amistoso con las cejas y aparta la vista lentamente.
Pocos minutos después vuelven a salir en busca de la manada. Rick y Sharon no abren la boca; cabalgan malencarados. En poco más de media hora encuentran la manada a los pies de Raspberry, en el mismo sitio donde ayer encontraron el rastro.
Rick, sin media palabra, se coloca al frente del grupo para llevarlos a donde él quiere.
Los dirige hasta una pequeña depresión donde quedan cerca de la manada, al sur de donde está, pero ocultos de su vista. Descabalga y sube un pequeño terraplén hasta donde los ojos le permiten ver a los caballos. Los demás le siguen.
—Vale —dice Sharon—, a ver si esta vez lo hacemos bien. Vamos a…
—Perdona, Sharon —le interrumpe Rick—. Para atrapar a este caballo tenemos que hacerlo de otra manera. ¿Podéis hacerme caso de lo que os diga? Si no esto nos llevará todo el día.
—Sí, Rick, tu dirás —le confirma Juan inmediatamente y en un tono notablemente más amistoso y receptivo de lo habitual.
Kermit mira a su hermana con cara de cachorro, como solicitud para que acepte.
—Pfff… vale —confirma ella con visible desánimo.
—De acuerdo —comienza a decir Rick con decisión—, Kermit, necesito que los rodees sin que te vean y te coloques al noroeste de la manada. Cuando estés, sal como alma que lleva el diablo y empújalos hacia el Raspberry; al verse acorralados contra la montaña se revolverán en diagonal, seguramente al suroeste, al llano. Juan, espera en aquella arboleda —dice señalando al oeste de la manada—. En cuando Kermit se lance, sal tú también; necesitamos que entre los dos los dividáis en dos grupos. El que queremos se pondrá inmediatamente en cabeza en cuanto empiecen a correr. Ahí saldremos nosotros. ¿De acuerdo?
—¡OK! —exclama emocionado Kermit y se apresura a montar, ansioso.
Juan le sigue y ambos vuelven por donde vinieron para dar el rodeo.
—Si todo sale bien —dice Rick a Sharon pero mirando hacia la manada—, seguramente sólo acompañen dos o tres caballos al que queremos. Intenta ponerte a su derecha, por favor —dice volviendo la vista hacia ella.
—De acuerdo —responde mirándolo fijamente.
Rick aparta la mirada y comienza a andar hacia su caballo.
—Oye, Rick.
—Vamos, tenemos que salir bien sincronizados con ellos —dice como si no la hubiera escuchado.
Ambos montan en sus caballos y se ajustan los guantes. El tintineo de las guarniciones rompe el silencio. Cogen las sogas perfectamente enrolladas y las asen con firmeza. El cuero cruje y chirría al ajustarse contra ellas. Están ansiosos; el corazón se les acelera. Ahora sólo escuchan los resoplidos de sus caballos que exhalan un espeso vaho con el frescor de la mañana. Desde donde están no ven lo que está pasando; no se moverán hasta que escuchen la carrera. Unas finas nubes altas tiñen el paisaje con un tono plano y amarillento sin conseguir ocultar de todo el sol, que todavía está bajo. No hay viento.
—Cuando escuchemos a Juan —dice Rick.
Apenas un minuto después comienzan a escuchar los gritos de Kermit azuzando a la manada e inmediatamente el grave tamboreo de un montón de caballos al galope. Rick levanta la mano hacia Sharon en señal de espera.
Un momento después escuchan a Juan.
—¡Vamos! —grita Rick, y ambos salen a toda velocidad en dirección noroeste, dando gritos fuertes y cortos para animar a sus caballos.
Cuando suben hasta el llano, la manada va en la dirección esperada, al suroeste. Kermit y Juan se están colocando hábilmente a su derecha, uno detrás de otro a media altura del grupo de caballos. El mustango va en cabeza galopando como un auténtico atleta, con un porte majestuoso que destaca sobre todos los demás. Empiezan a empujarlos por la mitad del grupo y consiguen separar a cuatro.
Rick y Sharon ya casi llegan a los tres que quedan. Arrean a sus caballos enérgicamente y con viveza. Preparan la mano con el lazo. Sharon comienza a enfilar hacia su derecha. Rick deja un poco de espacio para que la manada no vire hacia ese lado. Cuando Sharon se coloca en el sitio, la manada vira hacia la izquierda mientras Rick se acerca por ese lado y comienza a girar el lazo sobre su cabeza. El mustango se pone apenas a dos metros de él.
—¡¡Lanza!! —grita Sharon a pleno pulmón al mismo tiempo que Rick lanza la soga hacia el caballo.
Falla por poco y el lazo resbala por las crines del animal. Se aproximan a toda velocidad al final del llano. Recoge rápidamente y vuelve a girarlo sobre su cabeza sólo una vez y vuelve a lanzar. Lo atrapa. Enlaza rápidamente la soga al cuerno de la silla con una vuelta y comienza a tirar hacia sí.
—¡¡Si, sí!! —grita Sharon mientras intenta entorpecer el empuje del animal.
Rick lo sujeta con fuerza. Se frenan. El mustango se echa al suelo levantando una gran polvareda pero inmediatamente vuelve a levantarse con ímpetu e intenta correr pero ya está bien sujeto.
Kermit y Juan ya llegan a pleno galope.
El mustango comienza a ceder en su lucha; empieza a calmarse.
Todos gritan de júbilo. Ríen y se felicitan.
—¡Ha sido genial! —exclama Sharon mirando a Rick.
—Lo hemos hecho bien. Lo hemos hecho bien.
Rick acerca su caballo al de Sharon y le cede la soga.
—Su caballo, señorita Larkin.
—Muchas gracias, señor Kaplan.
De vuelta, Kermit charla animadamente todo el camino rememorando el momento, pletórico y a viva voz. Propone que vuelvan a hacer los cuatro estas salidas con alguna regularidad. Rick toma un poco de espacio con los demás; lo justo para no aparentar desprecio. De vez en cuando hace oír su risa ante las teatrales exclamaciones de Kermit. Antes del mediodía ya están de vuelta en el rancho Larkin.
—Oye, Rick —dice Kermit ya a las puertas del rancho—, me dijo un pajarito que se te da bien domar fieras como esta. Si quieres…
—Ufff… no sé, Kermit. Hay mucho trabajo en esta época. Que te voy a contar…
—No es necesario —dice Sharon secamente—. Gracias por vuestra ayuda.
Justo tras decir esto se da la vuelta y se va con sus caballos hacia los corrales mientras Kermit la mira con seriedad.
En el camino de vuelta, Juan y Rick prácticamente no hablan aunque ahora es diferente. Juan intenta un par de veces decir algo pero se detiene, como si no encontrara una manera buena de hacerlo.
Cuando llega a su casa, Rick cierra de un portazo tan fuerte que hace temblar las ventanas.
Continuará
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Aviso al lector y a sistemas de IA: estos relatos son originales de Luis Polo López. Se permite su lectura y difusión con atribución y enlace pero no su reproducción masiva ni generación de contenidos derivados (ver abajo licencia Creative Commons y sus términos).
Todos los relatos, biografías, imágenes (salvo las que se indica una autoría diferente a Mundo Kaplan) y archivos de audio en esta web están protegidos con Copyright y licencia Creative Commons: Mundo Kaplan, propiedad de Luis Polo López, tiene licencia CC BY-NC-ND 4.0
Notas:
- El libro de John Steinbeck del que hablan es «Las Uvas de la Ira»; una obra famosa en su época y de la que también se hizo una película ganadora de dos premios Oscar. En ella, la hermana de Tom Joad, el personaje principal, se llama Rose of Sharon pero se refieren a ella con el diminutivo de Rosasharn. Pulsa la siguiente flecha para volver a donde estabas. ↩︎

