Celestino Cienfuegos - Almost Celestino

Almost Celestino

Según el tiempo va pasando, muchas cosas se van difuminando lentamente hacia el olvido pero otras… Cada vez que me acuerdo, no puedo negar que en el verano de 1947, cuando tenía treintaiún años, volví a nacer. Aquél día gasté seis de las siete vidas. Aún era abogado en Los Ángeles y vivía en Glendale con mi esposa, Tess.

Todo empezó en el bufete Fitzsimons & Scott, donde trabajaba, un día especialmente caluroso. La cosa fue así:

Un encargo muy importante

A primera hora de la mañana el calor ya empieza a ser sofocante y hay ventiladores encendidos por todo el bufete llenando las estancias de un rumor constante, apagado sólo por el sonido del tráfico en la calle, con todas las ventanas abiertas y las pesadas y largas cortinas de color chardonnay que tiñen todo el interior inmóviles ante la carente corriente de aire. Cuando apenas me estoy acomodando en el despacho, suena el teléfono por la línea interna.

—¿Sí?

—Rick —dice la voz de Kate, la recepcionista—, el señor Scott te convoca a la sala de reuniones A.

—¿Ahora?

—Sí, él ya está allí.

—De acuerdo, gracias, Kate.

William Dalton Scott es uno de los socios fundadores del bufete junto con el señor Fitzsimons. Así como el segundo es un hombre más reservado y serio, el señor Scott tiene muy buen trato con sus empleados. Es un hombre cercano y razonable de algo más de cincuenta años, a la vez que un experimentado y arrollador abogado, temido pero respetado en toda la ciudad.

Cuando entro, él y Terry, uno de los principales abogados del bufete, están a carcajada limpia. La sala es interior, acristalada, y está con las luces apagadas pero bien iluminada por la luz matutina que llega directa desde las ventanas de los despachos, al otro lado del pasillo. Aún se mantiene fresca.

—Señor Scott, Terry.

—Rick, pasa —dice el señor Scott con una amplia sonrisa—. Siéntate.

Mientras me siento en el lado opuesto de la amplia mesa ovalada, Terry sirve una copa de bourbon al señor Scott y me la muestra con un ademán de invitación.

—No, muchas gracias. Es muy pronto para mí.

Hace un gesto de «tú te lo pierdes» y se sirve su copa.

—¿Conoces a Bernie Newcombe? ¿Bernard Newcombe? —me pregunta el señor Scott.

—¿El productor de cine?

—Sí

—Sí, claro, sé que es cliente del bufete. No lo conozco personalmente pero es un hombre famoso.

—Verás, Rick, Bernie es un buen amigo mío. El caso es que su hijo, Vince, tuvo un accidente de tráfico hace algo más de una semana en Beverly Hills por el que fue multado pero él asegura que no fue culpa suya y está empeñado en demandar al municipio. Quiero que te entrevistes con él. Queremos saber si hay caso y, si lo hay, qué posibilidades tenemos.

—Claro, cómo no. ¿Dónde…?

—Eso es lo que quería preguntarte en realidad. Él vive en Sedona, en Arizona. Tendrías que volar hasta allí. Serán menos cuatro horas. Estarías aquí de vuelta antes del anochecer.

—Ah, para ir hoy.

—Sí. Si no puedes no pasa nada, lo entiendo, en serio. Se lo pediré a uno de los solteros o a uno que lleve demasiados años casado —dice, a lo que los tres soltamos una carcajada.

—No, no. No hay ningún problema, de verdad. Voy yo.

—Perfecto. Tenemos una avioneta contratada para estos casos pero el piloto está enfermo. ¿Dónde estaba el otro? ¿el de reserva? —pregunta girándose hacia Terry.

—En el valle de San Gabriel, en el aeródromo de allí.

—Sí, lo conozco —les confirmo asintiendo—. El de El Monte.

—Perfecto. El vuelo está programado para las nueve y media, aún tienes más de una hora.

—El piloto te esperará en la entrada del aeródromo quince minutos antes—añade Terry—. Celestino Cienfuegos, se llama.

—¿Cómo?

—Celestino Cienfuegos —dice vocalizando lentamente—. ¿Seguro que no quieres? —añade volviendo a mostrarme la botella de bourbon con una expresión exagerada.

Esa insistencia me hace estar confuso.

—Bueno, venga —le digo juntando el índice y el pulgar para mostrar una pizca, aunque la verdad es que no me apetece.

El señor Scott gira hacia mí un portafolios con el logo del bufete y me lo acerca arrastrándolo por la mesa.

—Aquí tienes el informe de Dan con la dirección en Sedona de Vince. Te espera en su casa a las tres de la tarde. Llámame después de la entrevista.

Dan es el investigador principal del bufete; alguien de cuyo aspecto lo que menos esperarías es que es un investigador, de expresión risueña, enclenque y un poco jorobado, pero extraordinariamente perspicaz y eficiente en sus investigaciones.

Cuando me dispongo a salir de la sala, ambos se acercan a estrecharme la mano solemnemente. El señor Scott me da dos paternales palmadas en el hombro. Su actitud es muy extraña y me hace pensar que este tal Vince podría ser un hombre muy difícil de tratar. No sé qué hizo pero tendré tiempo de sobra de leer el informe durante el vuelo.

Tino y Lupita

En el taxi de camino al aeródromo me da tiempo a ojear por encima el informe. A primera vista no parece un buen caso, sin embargo, el denso tráfico de estas horas junto con el sofocante calor hacen casi imposible concentrarse en nada. Todas las ventanillas están abiertas y tengo que estar más pendiente de que no me vuelen los papeles que de lo que pone en ellos. Ya lo leeré detenidamente en el avión. El conductor suda tanto como yo y bufa constantemente, dando golpes en el volante cada vez que llegamos a un semáforo en rojo. Un tío estresado.

Algo después, ya en el aeródromo veo en la entrada al que debe de ser el piloto. Un hombre más bien bajito y regordete de treintaitantos que al ver que me acerco hacia él muestra una amplia sonrisa. Vamos en la hora prevista.

—¿Señor Kaplan? ¿Ricardo Kaplan?

—Sí, soy yo. ¿Celestino Cienfuegos?

—El mismo —responde mientras me da un efusivo y sonriente apretón de manos —. Qué calor, ¿verdad?

—Sí, es demasiado lo de hoy.

—Vamos allá —dice haciendo un gesto con la mano para que le siga mientras comienza a caminar.

El aeródromo es poco más que un descampado con algo de grava. Cienfuegos me conduce hasta un pequeño grupo de avionetas cerca de un desvencijado hangar.

—Es aquí mismo. Ahí está —me dice señalando una avioneta sin perder la amplia sonrisa—. Esta es mi Lupita —dice dándole unas palmadas en el morro—. ¿Qué le parece, señor Kaplan? Quizá no sea la más bonita pero es la mejor de todas; una Piper Cub.

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—Genial. Está muy bien.

La avioneta es pequeña y muy estrecha, de una hélice, con un asiento para el piloto y otro para un pasajero justo detrás, muy pegados. No será un viaje cómodo pero he volado en cosas peores. Es toda de color amarillo chillón, atravesada a lo largo por una especie de rayo de color negro.

—¡Le aconsejo que vaya al baño ahora! —me advierte alegremente—, no le será cómodo hacerlo por la ventanilla. Por cierto, llámeme Tino.

—De acuerdo, a mi Rick.

Tomo asiento después de tener que hacer contorsiones para entrar, Tino se sube con una agilidad admirable. El ruido del motor ya encendido es ensordecedor,

—¡Toma! —me dice girándose, ofreciéndome los auriculares y comprobando visualmente que ya llevo el cinturón puesto. Le doy el OK con el pulgar.

—¿Me escuchas? —me pregunta ya a través del auricular.

—Si, alto y claro.

—Bien, pues vamos allá. ¡Agárrate, mi amigo! [pulsa el 1 para ver nota]1

Tino mira a un lado y a otro y la pequeña avioneta comienza a moverse por el corto acceso que hay hasta la pista de despegue. Parece que va más rápido de lo que debería.

—¿No vamos muy rápido? —pregunto ya a punto de llegar al giro para entrar a pista, agarrándome con fuerza.

—¡Nah!, tú tranquilo, Rick.

De repente gira bruscamente para enfilar la pista, haciendo que la rueda de atrás se vaya de lado como si fuera un derrape.

—¡Ja! ¡Wooow! —exclama alegremente el piloto e inmediatamente acelera de golpe, haciendo guiñadas a un lado y a otro sobre el suelo intentando enderezarlo pero ganando mucha velocidad. No parece que vaya a conseguir controlarlo si sigue así de rápido. La cosa se pone seria.

—¡Cuidado! —grito entrando en pánico, agarrado con una mano al asiento y con la otra presionando el techo.

—Tú tranquilo, Rickie, ¡está todo controlado! ¡Vamos, Lupita! ¡¡Vamos!!

Unos tensos instantes después, la avioneta, yéndose hacia la derecha, ya alcanzó sobradamente la velocidad de despegue pero aún seguimos en el suelo, a toda mecha y con el final de la pista cada vez más cerca.

Las imperfecciones del suelo provocan una vibración tremenda a esta velocidad.

La cola se levanta al mismo tiempo que el aparato comienza a guiñar demasiado hacia la izquierda; nos vamos fuera de pista.

—¡No, no! —grito inconscientemente.

—¡¡Ay, Chihuahua!! —grita Tino tirando de la palanca y la avioneta comienza a elevarse desviada. Me doy cuenta de la tensión que estoy haciendo con los pies contra el suelo.

—¡Ándale, Lupita, ándale! —grita Tino.

Unos larguísimos segundos después, la avioneta parece ya en vuelo controlado.

—¡Yiiiihaaaaa! —grita el piloto a pleno pulmón—. ¡Échale tomate! ¡échale tomate!. ¿Qué te pareció, Rickie? ¡Emocionante!, ¡¿eh?!

—¡Por todos los santos marchando en formación de a cuatro! ¡casi se me sale el corazón!

—¡Siiii! —grita Tino como si le hubiera dicho un cumplido, dando golpes con la palma en el techo y mirándome con su amplia sonrisa a través de un espejo retrovisor.

Aún estoy respirando como si acabara de correr una maratón cuando empiezo a relajar los músculos. Las piernas se resienten de tanto haber apretado contra el suelo.

—¿Ya habías volado antes, Rick?

—Sí, muchas veces. Estaba en la aerotransportada.

—¡Pues pareces un novato! —exclama divertidamente.

—¡Es que ni en la guerra había visto la muerte tan cerca como hoy!

—¡¡Jaaaaaaa!! —grita volviendo a dar palmadas en el techo—. ¡Qué bueno! ¡ni en la guerra, dice! ¡¡Ja jaaaa!! Y dime, ¿tenías algún apodo? como esos que se llamaban Tex, Michigan, Arkansas… cosas así, según de dónde eran.

—No, al menos que yo sepa. Me llamaban Kap. ¿Y tú? ¿el pájaro de la muerte, quizá?

—¡¡Ja jaaaaaa!! ¡Qué bueno! El pájaro de la muerte dice. ¡Me caes bien, Rick! ¡Me caes bien! No eres de esos llorones que ya estaría a lágrima viva pidiendo que les lleve de vuelta a casa. A mí me llaman Almost. Almost Tino, Almost Celestino… [pulsa el 2 para ver nota]2

—¿Almost? ¿por qué Almost?

—Porque casi siempre aterrizo bien. ¡¡Ja jaaaaaaa!!

—Oh… será broma, ¿no?

—¡Bah! No tienen ni idea, Rickie, te lo digo en serio. Tú no te preocupes; hoy llegarás a casa sano y salvo.

—De acuerdo. Confío en ti, Tino.

Me mira a través del espejo asintiendo con cara sonriente.

—Si me permites, tengo que revisar unos papeles antes de llegar a Sedona.

—Claro, claro —dice haciendo el gesto de la cremallera en los labios.

Qué remedio me queda que confiar; no tengo escapatoria; no veo ningún paracaídas por aquí. Si hoy es el día en que voy a morir estampado contra el suelo del desierto, pues habrá que resignarse; no queda otra.


En la siguiente hora ya tengo tiempo de revisar detenidamente el informe. El caso es tan absurdo como me pareció cuando lo ojeé. El tal Vince se estrelló a las once y pico de la noche contra la fuente eléctrica con luces en el cruce del bulevar de Santa Mónica con Wilshire. Dice que las luces le cegaron y quiere demandar al municipio. Conozco el cruce con esa fuente; todo el mundo lo conoce. Es imposible que esas luces te cieguen. Las pesquisas de Dan le llevan a concluir que iba a una velocidad endiablada y puede que borracho, y además hay testigos; todos ellos en su contra y con credibilidad. Eso es muy preocupante para mí; es el hijo de un amigo del jefe y soy el responsable de opinar sobre el caso.

Levanto la cabeza de los papeles y la vista es espectacular. Estamos sobrevolando el parque Joshua Tree cuando me fijo en que Tino está con la cabeza apoyada en la ventanilla y las manos caídas sobre los muslos. Miro por el retrovisor y tiene los ojos cerrados.

—Oh, Dios, ¡Tino!—le grito sacudiéndole por los hombros.

No reacciona.

—¡¡Tino!! ¡¡Celestino!! —vuelvo a gritar sacudiéndole con fuerza mientras intento incorporarme, algo que no es nada fácil en un espacio tan pequeño.

—¡Jaaaaaaa! —grita de repente con su amplia sonrisa—. ¡Has picado!

—¡Oh…! Tino, ¡¡por favor!!

—¡Vamos, Rickie, vamos! Vi que ya habías acabado y decidí darle un poco de vidilla al viaje.

—Pero vamos a ver, ¡¿a ti te han contratado para llevarme o para matarme?!

—¡¡Ja jaaaaaaa!! ¡¡qué bueno!! —rompe en una estridente carcajada—. ¡para matarme dice!… ¡¡jaaaaa!! ¡no pue…! ¡no pue…!

Comienza a inclinarse hacia delante con una risa incontrolable y mueve sin querer la palanca de control haciendo que la avioneta cabecee pero es capaz de enderezarla sin parar de reír a pleno pulmón.

—¡Qué bue…! ¡jaaaaaaa! ¡no pue…! ¡ay que me mue…! ¡no pue…!

Mientras sigue inclinándose hacia delante cada vez más, su voz comienza a debilitarse progresivamente ya casi tocando el cuadro de instrumentos con la cabeza.

—Vamos, Tino, tranquilo.

—No pue… aaahhh… ja jaaaaaa…

Sigue riendo, ya casi parece como involuntariamente y apenas le queda un hilo de voz, no consigue inspirar y ya no le queda aire en los pulmones pero es como si no pudiera parar de reír.

—Tino, vamos, hombre, relaja y respira.

De repente se le deja de escuchar. Está completamente echado sobre su pierna derecha. No le veo la cara pero no noto en su cuerpo que respire.

—¡Tino!, ¡vamos, hombre! —le digo inclinándome hacia delante; está claro que esto no es una broma. Sin embargo la avioneta es tan estrecha que no tengo sitio para llegar hasta él por los lados del asiento.

No sé si es que estoy siendo presa del pánico pero me parece que acaba de convulsionar.

—¡¡Tino!! ¡Venga, respira!

Ahora sí que lo he visto bien; ha convulsionado pero me es muy difícil llegar hasta él incluso levantándome.

—¡Tino! ¡Vamos, no te me vayas! ¡¡Tino!! ¡¡Luchaaa!!

De repente, al mismo tiempo que se incorpora de golpe y casi me rompe la nariz, emite un fuerte sonido inspirando aire, como alguien que estuvo bajo el agua mucho más tiempo del que puede aguantar.

—¡Huuuhhh!

—Tino, ¡respira!, vamos, ¿estás bien? —le digo poniéndole la mano sobre el hombro pero vuelve e gemir con sufrimiento, inspirando.

—¡Huuuuhhh!

—Vamos, tranquilo, amigo mío, respira —le digo dándole suaves palmadas en el hombro—, ya pasó, ya pasó.

—Qué bueno… qué bue… —dice con una voz ronca y apagada, llevándose la mano al pecho—. Me muero… que bueno…

—Ya pasó, ya pasó. Venga. Tranquilo, respira hondo.

—Ya va, ya va…

—Venga, toma los mandos. Vamos a hablar de otra cosa. ¿Tienes familia?

—Sí, sí.

Charlamos un rato y se fue relajando y recuperando la voz. Busqué temas un poco serios y aburridos de los que hablar. El resto del vuelo fue tranquilo y sin incidentes, aunque no deja de revolotear en mi cabeza, como en una cuenta atrás, la seria preocupación de que hoy moriré espachurrado.

Entonces…

—Bien, Rick, ya veo la pista de Clemenceau. Abróchate el cinturón.

Estaba deseando que no llegara este momento; que el vuelo se hiciera lo más largo posible. Ahora soy yo el que necesita respirar hondo.

—Aterrizaremos en Cottonwood, el aeródromo más cercano a Sedona —dice, aunque apenas le puedo prestar atención pensando en lo incierto de mi destino; en que quiero hacer aún muchas cosas en la vida. Soy muy joven para morir.

Tino hace un giro para enfilar la pista y comienza a descender.

El suelo viene hacia nosotros a demasiada velocidad. El aeródromo es muy parecido o más pequeño aún que el de San Gabriel.

—En coche creo que no son ni veinte minutos hasta Sedona —añade con toda la tranquilidad del mundo mientras yo estoy hiperventilando.

—¡Estamos bajando muy rápido, Tino!

—Qué va, hombre, vamos bien. No te pongas nervioso.

—¡Tino, vamos demasiado rápido!

—Tranquiiiilo, Rick. Respira hondo.

A pesar del exceso de velocidad, el descenso se está haciendo eterno. Constantemente me parece que ya vamos a tocar tierra pero nada. Descendemos demasiado rápido. Vuelvo a presionar inconscientemente el suelo con los pies y la mano derecha contra el techo.

—¡¡Aguas, aguas!! —grita Tino.

—¡¡Cuidado!!

Con una fuerza tremenda, las ruedas del avión golpean el suelo y lo hacen rebotar al aire.

—¡¡Híjoleeeee!!

La avioneta empieza a cabecear; el morro se eleva demasiado. Tino consigue recolocarlo pero empieza a guiñar hacia la izquierda. Aún vamos demasiado rápido.

—¡Yiiiiihaaaaaaa!

—¡Cuidado, cuidado que nos vamos de pista!

—¡Ándale Lupita! ¡Ándaleeeee!

La avioneta vuelve a golpear el suelo, menos fuerte que antes pero lo suficiente para rebotar al aire otra vez. Media avioneta está ya fuera de pista. Tino intenta enderezarlo y consigue ponerlo en paralelo cuando volvemos a tocar tierra. Esta vez no rebota pero la rueda izquierda está pisando fuera de pista, donde el suelo está blando y pedregoso. La avioneta vibra hasta el último tornillo con un ruido ensordecedor.

—¡Ya estamos, ya estamos! ¡¡Échale tomate!!—grita Tino.

Aterrizamos a tanta velocidad que la pista se nos acaba.

—¡Frena, Tino, frena!

—¡Ya estamos, mi amigo, ya estamos! Tú tranquilo.

Con el final de pista ya demasiado cerca, empiezo a empujar con los pies hacia atrás con todas mis fuerzas, como si así fuera a detener la avioneta.

—¡Cuidado!

Cuando la avioneta empieza a salirse de la pista, por fin se detiene.

—¡Síiiii! ¡has visto, Rickie? ¿Ves como no te voy a matar?

—¡¡Aún queda la vuelta!! —le grito en el punto máximo del ataque de ansiedad.

—Venga, tranquilo, mi amigo —dice mientras empieza a dirigir la avioneta hacia la mitad de la pista, donde hay un coche a un lado. Ni siquiera hay un hangar; sólo algo parecido a un pequeño cobertizo.


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Sedona

Igual que antes, al relajar la tensión en las piernas me causa incluso dolor.

—Vamos a ver quién está aquí —dice Tino con la avioneta ya detenida cerca del coche y el cobertizo.

Me cuesta bastante hacer el movimiento para salir de la avioneta; me noto tieso como si tuviera agujetas.

—Venga, relájate; estás muy tenso —dice Tino ayudándome a bajar.

Lo miro severamente de reojo mientras intento enderezarme, ya con los pies en el suelo y me doy cuenta de que lo estaba diciendo irónicamente, con una sonrisa.

Resoplo mientras él me da unas palmadas en la espalda.

—Vamos a ver, ¡hola! —grita mientras nos acercamos al coche.

—¿Está vacío?

Nos acercamos cada uno por un lado del vehículo pero no hay nadie dentro. Ahora, ya más relajado, empiezo a notar que aquí hace aún más calor que en Los Ángeles. El sol cae a plomo y no corre el aire. Miro el reloj y faltan sólo unos minutos para la una de la tarde.

—¡Hola! —vuelve a gritar Tino, esta vez dirigiéndose al cobertizo—. Aquí tampoco hay nadie —dice mirando al interior de la estructura.

—Tiene las llaves puestas —le digo pegando la cara a la ventanilla del coche con la mano haciendo visera.

—Claro, ahora entiendo. Cuando me dijeron que habría un coche esperándonos era literal —dice ya volviendo—. Hola, coche. Gracias por esperarnos.

Tino saca un mapa de una pequeña bolsa de mano y lo pone sobre el capó. Me acerco y veo que es de la zona. Recuerdo la dirección que acabo de ver en el informe, que está detallada con indicaciones.

—Tenemos que buscar un lugar llamado Mammoth Rock, al sureste del pueblo.

Lo encontramos fácilmente y Tino hace un cálculo aproximado de la distancia comparando un dedo con la escala.

—Sí, en veinte minutos o menos estaremos allí.

—Aún faltan dos horas —le digo—. Vamos hasta Sedona a buscar un sitio donde comer; estoy muerto de hambre.

—Pues venga, yo también —dice abriendo la puerta del conductor.

—¡No! —le digo temiendo que conduzca de forma igual de imprudente y él se da cuenta de cuál es mi temor.

—Tranquilo; te prometo que conduciré bien.

Lo miro fijamente con cara de no fiarme. Él asiente con cara de cordero.

—De verdad —insiste—. Tú relájate que estás muy tenso.

—OK, de acuerdo. Me sentaré detrás y como hagas alguna locura te estrangularé.

—¡Trato hecho! —dice con solemnidad, aunque parece asomar una sonrisa.

Nos sentamos en el coche, que es como entrar en un horno a toda potencia. Los asientos queman. Abriendo las ventanillas ni siquiera se nota diferencia.

—Venga, vamos a movernos a ver si entra un poco de aire.

Tino arranca el coche y, en punto muerto, pega un fuerte acelerón.

—¡Yihaaaaaa! —grita pleno pulmón.

—¡Tino!

—Que noooo. Es broma, hombre.

Mete la marcha y comienza a conducir relajadamente. El aire que entra, aunque es caliente, ayuda a hacer la extrema temperatura más llevadera.

Unos diez minutos después empezamos a adentrarnos en la pequeña depresión en la que se encuentra Sedona, al sur de la meseta de Coconino. El suelo y las rocas que lo rodean adquieren de repente un intenso color rojizo como los del cercano Gran Cañón, que convierten el paisaje en un espectáculo para la vista [pulsa el 3 para ver nota]3.

Sedona - Almost Celestino
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Sólo unos minutos después ya estamos en el pueblo y encontramos fácilmente un lugar donde almorzar.

En el restaurante, Tino y yo charlamos de todo un poco con una larga y relajada sobremesa. Es obviamente un bromista pero es una persona muy interesante y con una rica conversación. Es un buen hombre. Su personalidad no tiene nada que ver con la impresión que causa su temeraria forma de pilotar.

Después, en apenas cinco minutos de coche llegamos a la dirección de Vince Newcombe, a las afueras del pueblo. La casa donde vive es impresionante. Está casi encajada en una de esas enormes mesas de color rojo que se dispersan por todo el lugar y que le aporta sombra. Es grande y moderna, en cemento estucado con roca y algunas paredes ornamentadas con madera, diseñada por un arquitecto con gusto por el estilo japonés, con amplios voladizos y líneas sencillas, rectas y sin ornamentos, grandes cristaleras y estancias amplias y diáfanas que se ven desde fuera, con decoración y mueblería elegante pero minimalista. Los colores de la casa se integran con el entorno.

Tino aparca junto a unos cipreses que adornan la entrada.

—No creo que esté más de media hora —le digo.

—No te preocupes. Echaré una siesta aquí a la sombra.

Cuando llamo, el propio Vince abre la puerta y me conduce a una amplia sala con vistas a toda la zona. Es un hombre joven, de veintinueve años. Va de punta en blanco, vestido como un tenista y con la piel muy bronceada por el sol. No tiene ni un pelo de la cabeza fuera de sitio y huele excesivamente a perfume caro. Se muestra afable y cordial.

Dentro de la casa la temperatura es fresca y agradable.

—Bien, señor Newcombe…

—Vince, por favor.

—Claro, yo Rick. Cuéntame cómo fue todo. Ya desde por la tarde, por favor, antes de subirte al coche.

—Pues estuvimos de celebración en el Caesars, ¿lo conoces? un restaurante en el mismo bulevar de Santa Mónica, no muy lejos de ese maldito cruce.

—No sé.

—Da igual, está a sólo unos minutos de allí. Pero no creas que iba bebido; apenas tomé una copa. Cenamos bien y algunos sí que bebieron de más pero yo no. Entonces, algo después de las once me marché. Iba a dormir a casa de mis padres, arriba en las colinas.

—¿Ibas solo en el coche?

—¿Eso qué más da? No, llevaba a un amigo a casa. Está de camino. Ese tío sí que estaba muy borracho. Era miércoles y había poco tráfico; recuerdo haber hablado de eso mientras conducía. Entonces llegamos al cruce y esas luces… oh, esas horribles luces de la maldita fuente; no veía más que colorines reflejados en la luna delantera que me hicieron confundir… no sabría decirte… no se distingue, Rick, te lo prometo. Creía estar entrando en Wilshire y de repente estábamos en el estanque de la fuente. Esa fuente es un peligro público. Entonces Susie entró en pánico…

—¿Quién es Susie?

—No he dicho Susie—dice en una repentina forma defensiva, apretando y frotando las manos con fuerza pero se da cuenta de lo absurdo que es negarlo ahora—. Bueno, perdona me equivoqué. Iba con Roger Platt; puedes preguntarle a él; te dirá lo mismo

—Un testigo afirma que unas decenas de metros antes de ese cruce, a la misma hora, un MG Midget igual que el tuyo lo adelantó a toda velocidad, saltándose los semáforos.

—No sé lo que habrá visto pero no era yo. No soy el único que tiene ese coche.

—Dime, ¿a qué te dedicas? ¿cómo te ganas la vida?

—¿Y esa estúpida pregunta a qué viene? —dice agresivamente, con expresión de ofendido—. ¿Qué tiene que ver con todo esto a qué me dedico?

—Si vas a juicio te harán preguntas mucho más indiscretas que esta, Vince. Tienes que…

—Señor Newcombe, soy señor Newcombe, ¿de acuerdo? ¿Rick? —dice enfatizando mi nombre.

—Como no. Dígame, señor Newcombe, entonces, ¿a qué se dedica? ¿cómo se paga esta estupenda casa?

—Pues… soy ayudante. Soy ayudante de producción. De cine.

—¿Trabaja como ayudante de su padre?

—Pues sí, también.

—¿También? ¿A quién más ayuda?

—Pues en este momento concreto a nadie más.

—¿Y anteriormente?

—De momento a nadie. ¡De momento! Sólo hay que ir dándose a conocer, ¿sabes, Rick? así funcionan las cosas. Ya sé por dónde vas; no soy estúpido. En unos años verás mi nombre en los créditos de muchas películas.

—Sólo una pregunta más y ya terminamos. Esta sería la primera pregunta que le harían en un juicio y el principal punto del alegato final. Por ese cruce pasan miles y miles de coches cada día y cada noche. ¿Cómo explica que a nadie más que a usted le hayan confundido esas luces?

—Pues ¿qué demonios quieres que te diga? A mi me confundieron y punto. Los demás me traen sin cuidado. El accidente no fue culpa mía.

—De acuerdo, señor Newcombe. Muchas gracias por su tiempo —le digo ya levantándome.

La hospitalidad que mostraba Vince cuando llegué se esfumó por completo. Ahora me pone la palma en el omóplato mientras me acompaña a la salida y sin mediar palabra, mostrando prisa porque me esfume de su casa.

—Gracias, señor Newcombe —le digo al salir—. Que tenga…

—Adiós —dice dando un portazo.

Ni siquiera él mismo tiene preparado el relato de su caso. Está casado y su esposa no se llama Susie. Dan, el investigador, ya sabe quién es esa chica que iba con él; una joven aspirante a actriz. Qué desastre. Y la casa se la regaló su padre porque él no es capaz de ganarse un centavo por sí mismo. ¿Cómo le digo yo, apenas un novato, al señor Scott, un socio fundador, que el hijo de su amigo es un maldito inútil y que su caso no hay por dónde cogerlo?

Volvemos al pueblo a buscar un teléfono para llamar al señor Scott, tal como me pidió. Aún no sé cómo decírselo.

Por el camino le cuento a Tino la encrucijada en la que me encuentro.

—¿Sabes, Rick? —me dice—. Te conozco mucho mejor de lo que te puedas imaginar; te pasa como a mí. No somos de los que pueden guardar basura en la conciencia. A la larga, si no eres honesto, lo pagarás caro en tu cabeza.


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—Hola Kate, soy Rick. ¿Me pasas con el señor Scott, por favor?

—Claro, un segundo.

Sólo tarda un instante en contestar.

—Hola, Rick, cuéntame, ¿que tal fue? ¿hay caso?

—Hola, señor Scott. Eh… no sé, no lo veo claro. La verdad es que no parece un buen caso; no estoy seguro de que esto sea bueno para el bufete, sinceramente.

—Eh… Rick… —el señor Scott calla un instante—. A ver, Rick, necesito que seas claro. Háblame con total franqueza, con lo que tienes en tu cabeza; no te cortes, como si no lo conociera de nada.

Al escuchar eso, no lo pienso ni un segundo y voy como caballo desbocado.

—Pues… con total franqueza, señor Scott. Vince Newcombe es un caradura que quiere vivir sin dar palo al agua. Necesita dinero para pagar sus gastos y ha encontrado una excusa que ni siquiera tiene preparada. El caso no hay por dónde cogerlo; es ridículo. Si lo llevamos convertirá al bufete en el hazmerreír de todo el sur de California…

—De ac…

—Como mínimo. Discúlpeme.

—Nada. De acuerdo, Rick, escúchame una cosa. Cuando vuelvas, necesito que vengas al bufete.

—Sí, señor. En cuanto aterricemos iré directo.

Cuelgo el teléfono y tengo la sensación de que la sangre ya no corre por mis venas. Creo que acabo de firmar mi sentencia de muerte profesional.

—¿Cómo fue? —me pregunta Tino con cara de circunstancias mientras me acerco al coche; parece que mi cara lo dice todo.

—¡Mal!

—Pero…

—Me pidió franqueza y le dije lo que pienso. Ni siquiera opinó; solo me dijo que en cuanto aterrizara fuera directo al bufete.

—Vaya por Dios. No sé, Rickie, no me alegro de lo que te pueda pasar en el bufete pero has hecho lo que tenías que hacer; jamás te arrepentirás aunque ahora te parezca lo contrario. Ya verás.

Vuelta a Los Ángeles

No fui muy consciente del recorrido hasta el aeródromo intentando analizar la situación, que es desastrosa. Sin embargo, creo que Tino tiene razón; si no le hubiera contado al señor Scott lo que le conté, creo que a la larga sería peor. Que sea lo que tenga que ser. Desde luego no he cometido un error; de eso estoy convencido.

Entro en la avioneta como un ternero al matadero; sin saber a dónde va.

—Te prometo que pilotaré lo más relajado posible, Rick, ni te enterarás —me dice Tino con la avioneta ya entrando en la pista de despegue.

—¿Sabes, Tino? la verdad es que me da exactamente igual ahora mismo; ni siento ni padezco.

Me mira unos instantes a través del retrovisor, fijamente.

—¡¡Yiiiihaaaaaaa!!


Estaba equivocado; no me dio igual su forma de pilotar. Pero contra todo pronóstico, un poco antes de las ocho de la tarde, aterrizamos, si es que se le puede llamar así a eso, sanos y salvos en el aeródromo de San Gabriel.

Me dio pena despedirme de Tino. No sé qué cable hay mal conectado en mi cabeza que siempre me caen en gracia los personajes más raros y estrafalarios. Aún así, vivimos cerca e intercambiamos los teléfonos.

Una media hora después, ya estoy entrando en el bufete. A estas horas ya está desierto y sólo hay unas pocas luces encendidas. Me dirijo al despacho del señor Scott.

Según me acerco, con la puerta abierta veo en el interior a Dan, a Terry y al propio señor Scott. Están serios, con gesto solemne y en silencio.

—Rick, pasa, siéntate —me dice el jefe señalando la silla frente a su mesa.

Con los tres mirándome, un cierto arrojo me invade para afrontar lo que tenga que oír; lo aceptaré como un caballero sabiendo que hice lo que tenía que hacer.

—Rick… —me dice seriamente el señor Scott, mirándome fijamente—, ¡¡prueba superada!!

Inmediatamente, Dan y Terry comienzan a exclamar con alegría, dándome palmadas en la espalda mientras el señor Scott saca una botella de su bar pero se dan cuenta de que no estoy entendiendo nada de lo que está pasando.

—¡Has vuelto, Rick! ¡Has vuelto con Almost Celestino! ¡Eres un valiente!

—¿Con Tino? Claro… yo creí que…

—Muchos de nosotros volamos con Celestino pero muy pocos son capaces de aceptar volver con él. ¡Eres de los nuestros! Te mereces una copa de bienvenida al grupo.

—Pero… ¿todo esto era por volar de vuelta con Tino? Yo pensaba… lo de Vince Newcombe…

—¿Sabes? —dice el señor Scott—, esta mañana, cuando te encargué el caso, ni siquiera había leído aún el informe; la verdad es que no me importaba demasiado.

—Oh, si me permitís seguir hablando con franqueza, tengo ganas de mataros.

Los tres ríen a carcajadas mientras me sirven una copa.

—Pero entonces ¿lo de Vince? —Esa preocupación todavía no se me ha ido de la cabeza.

—Olvídalo, Rick, ya vi de qué va. Es exactamente lo que has dicho; un caso ridículo. Yo no lo habría descrito mejor que tú. Si es un problema para Bernie, pues es su problema. La reputación de este bufete no está en venta. Hoy lo has hecho todo bien, chaval —dice adelantando su copa hacia mí para brindar.

—Eh, un momento —le digo recordando—. Cuando le llamé desde Sedona, esa seriedad para decirme que viniera directo al bufete…

—No se me da del todo mal la actuación, ¿verdad?

Los cuatro reímos a carcajadas y seguimos brindando y celebrando durante un buen rato más.


Pues bueno. ese fue el día en que volví a nacer y me hice miembro del selecto club de los que volaron de vuelta con Almost Celestino; mi amigo Tino.

FIN


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Notas:

  1. Suponiendo que los personajes hablan originalmente en inglés, escribiré en cursiva para indicar las que estarán dichas en español a lo largo del relato. Pulsa la siguiente flecha para volver a donde estabas. ↩︎
  2. Almost, en inglés, significa casi. Pulsa la siguiente flecha para volver a donde estabas. ↩︎
  3. Cinco años después de esto, en 1952, Rick hará su viaje a caballo alrededor del Gran Cañón del Colorado, comenzando y terminando en la cercana Flagstaff, la principal localidad de la mencionada meseta de Coconino. En ese viaje se explica el porqué del característico color rojizo, que resumidamente es debido a óxido de hierro. Pulsa la siguiente flecha para volver a donde estabas. ↩︎

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