Vecinos
Mi abuelo era trampero y cazador en un mundo que ya no existe.
Se llamaba Elmer. Elmer Kaplan.
Esta historia la vivió él y ocurrió en la década de 1880, quizá en el 83 u 84, y lo que le pasó nunca lo olvidaría. Fue en la Cordillera de Absaroka, en las Rocosas, justo al este de Yellowstone. Ahí es donde vivía.
Verás, para que comprendas por qué algunas cosas las tratarán como las tratarán y las hablarán como las hablarán, te lo compararé con algo: hoy en día hay silencios incómodos y se intentan evitar con conversaciones banales. En aquéllos días, en aquél sitio, el silencio era la virtud y las conversaciones banales eran algo realmente incómodo.
Los conocidos, los vecinos, no eran personas con quien tener una larga charla u opinar sobre cosas; eran encuentros puntuales por necesidad para sobrevivir en un mundo muy duro y difícil. Y ellos eran hombres igual de duros y difíciles. Y mujeres; mi abuela también estaba allí.
Hay cuatro personas en esta historia a quien debes de conocer:
Una de ellas es obviamente mi abuelo, Elmer Kaplan. El húngaro. Él no era húngaro, nació en el territorio de Montana, pero su padre sí; motivo más que suficiente para merecer el apodo. Su padre, mi bisabuelo, era un judío húngaro que emigró a Canadá y acabó en Montana. Este hecho tendrá relevancia en un momento de esta historia.
Stella Mae, mi abuela, en las antiguas fotos parece que era una mujer pequeñita pero no era su tamaño si no el de mi abuelo el que se salía de lo normal. Eso sí, en carácter ganaba a cualquiera, pero no de ese chillón y malhumorado si no del discreto que sólo aparece cuando es necesario y aún así apenas se nota.
La tercera persona es Tobías Beck. Carbonero. El alemán. Tobías tampoco era alemán, era del norte de Suiza y llevaba en estas tierras desde niño pero aún le quedaba un poco de acento; motivo más que suficiente para merecer ese apodo. Las cosas funcionaban así.
El cuarto es Sam Greely. Ranchero sin nada destacable que le hiciese merecedor de un apodo.
Elmer y Stella Mae vivían en una pequeña cabaña en una suave ladera de la cuenca del Dead Indian, entre el pico Trout y el monte Pat O’Hara. Tobías vivía río abajo, a un par de millas más o menos, él solo, y Sam en el valle del Sunlight, un poco más alejado de los otros, en un lugar más considerado con el ser humano y con buenos prados para el ganado.
A diferencia de Elmer y de Tobías, Sam era más hablador y cercano, al menos desde el punto de vista de los otros dos; seguramente alguien de ciudad diría que era parco en palabras. Era el mayor de los tres; rondaba los cuarenta y tenía esposa y tres hijos que caminaban por el espinoso sendero que va de la adolescencia a la edad adulta. Por su trabajo se relacionaba con gente de forma más habitual. Además vivía más cerca del pueblo. Fue un auténtico pionero entre los vaqueros de Wyoming; sus primeras reses se las había comprado al mismísimo juez William A. Carter en Fort Bridger. Solía mover su ganado hasta las ferias para venderlo, por lo que podía traer a los otros dos bienes que no había manera de obtener en las montañas.
Entre ellos funcionaban a base de trueque y favores. El dinero lo usaban apenas unas pocas veces al año, por temporada, cuando bajaban al pueblo a vender sus cosas y comprar otras.
Ninguno de los tres podría sobrevivir sin los otros dos. Elmer proporcionaba carne, pieles para mantas o ropa y grasa animal (diferentes grasas o aceites para diferentes usos).
Tobías proporcionaba carbón vegetal y buena leña. Era un experto leñador y el carbón se utilizaba para cocinar, para ahumar, para calentarse o para trabajar el hierro, algo que tampoco se le daba nada mal. En invierno destilaba un licor capaz de desdoblarte el alma y hacerte sentir sofoco a temperaturas polares.
Sam proporcionaba carne también, leche, manteca, harina y caballos cuando era necesario, además de otras pequeñas cosas que podía traer de la civilización.
Los tres se ayudaban mutuamente para sobrevivir, aunque jamás, salvo en un caso extremo, se pedía ayuda. No podemos hablar de amistad independientemente de que hubiera algún tipo de afecto entre ellos, era un intercambio tácito por necesidad, y estrictamente generaba una deuda. No se andaban con contratos ni palabrería ni tonterías, ¿sabes? Si faltabas a tu parte quedarías marginado para siempre. Tu carácter se juzgaba por tus hechos, no por tus palabras.
Había alguien más allí, y es que mis abuelos tenían, además de un par de mulas, dos perros. Eran hermanos, Buck y Scout. No pienses en mascotas ni en pedigrís ni cosas de esas, eran, como les llamaban, perros del monte, para ayudar. Corpulentos, fuertes, ágiles, hábiles; no era un lugar para perros sin destreza. Scout era el que acompañaba a mi abuelo y Buck se quedaba con mi abuela en la cabaña.
Todo esto empezó un verano siendo aún jóvenes, uno o dos años antes de que naciera mi padre, Jeremías. Fue un verano de calor pero aún así las noches siempre son allí muy frías y no creas que es raro que si hay precipitaciones, te despiertes rodeado de nieve aún en pleno Julio o Agosto.
Pero mejor, a partir de este punto, vayamos hasta allí a ver lo que ocurrió.
Absaroka
Ahí está mi abuelo, levantándose antes de que salga el sol para desayunar, preparar cebos y trampas, y salir a la montaña durante todo el día.
No es que se levante precisamente con suavidad, aunque él cree que sí. La cama de cuerda cruje con cada movimiento. Con el calzón de cuerpo entero, pone los pies en el suelo, sentándose, y tose, se despereza con un bostezo sonoro, se rasca la espalda y estira los brazos haciendo chasquear todos los huesos que participan en el proceso mientras mi abuela empieza a moverse en la cama con signos de molestia por el ruido.
Los olores a madera de la cabaña y del carbón aún en brasa se mezclan con el de las pieles recién desaceitadas.
Elmer se pone en pie con un quejido gutural. Atiza el carbón de la estufa para reavivar las brasas, prende una pequeña vela de sebo que coloca en medio de la mesa y echa agua en el pote de hojalata de hacer café con la delicadeza característica de un trampero de las Rocosas, y acompañado de otro bostezo sonoro. Mi abuela comienza a gemir a modo de protesta. Mi abuelo la mira convencido de que mientras siga dormida es que lo está haciendo bien.
Revisa las cosas que no sacó del morral mientras espera a que el agua hierva.
Después se sienta de cara a la ventana a desayunar el café negro como un abismo y un poco de pan duro con manteca mientras ve como el sol empieza a alumbrar las cumbres. Escucha a los perros moverse alrededor de la cabaña, excitados por el olor de la comida. Ya saben que en un momento llegará su hora de desayunar.
Termina el café dejando la taza de lata con la misma delicadeza, seguido de un eructo y se levanta a terminar de preparar el morral con las cosas que faltan cuando se da cuenta de que Stella está incorporada de medio cuerpo en la cama, con los ojos a medio abrir, la mirada perdida y un gesto de mil demonios.
—¿Qué haces? Sigue durmiendo, aún es temprano —susurra Elmer.
Stella lo mira con cara de asesina, sin mediar palabra.
—Qué —responde él con cara de no entender.
Ella reacciona volviendo a acostarse violentamente, tapándose hasta la cabeza y Elmer hace un gesto de incomprensión. «¿Qué pasa? ¿es que uno no se puede ni levantar?», piensa. «Son ruidos inevitables de cuando uno se levanta. Qué carácter».
Coge un montón de vísceras de un cubo tapado y, ya fuera, aún descalzo, se las hecha a los perros desde el pequeño porche que sobresale poco más de un metro bajo el alero para evitar pisar el barro que se forma alrededor de la cabaña, donde el suelo está muy pisado, debido a la intensa helada nocturna. Los animales se lanzan como locos al montón viscoso. Elmer se vuelve a desperezar sonoramente estirando los brazos, soltando una espesa nube de vaho, y se rasca la barriga metiendo la mano entre los botones del calzón mirando las montañas. Vuelve a entrar, se pone la camisa de lana y los pantalones de piel con los tirantes por encima del calzón, las botas de cuero y la chaqueta encerada. Mete lo que falta en el morral, coge el Winchester de palanca, echa un último vistazo a Stella y se marcha.
Buck aún sigue comiendo con más tranquilidad porque sabe que no hay prisa pero Scout ya terminó rápidamente sabiendo lo que toca y mira fijamente a Elmer esperando la orden. Elmer tiene un característico sonido para darle las órdenes, como una especie de susurro fuerte que suena como un «¡va!», a veces acompañado de un chasquido de dedos. Lo hace y comienzan a caminar.
Scout corre de un lado a otro alrededor de Elmer, emocionado por emprender la aventura del día.
Aquí no se mima a los perros pero las personas como Elmer y Stella saben valorar su capacidad; son buenos perros, confiables, y los tratan bien (Stella a veces sí que mima a Buck). La mayor parte del día son quienes te cubren la espalda en un entorno como este donde hay depredadores.
Hombre y perro se dirigen montaña arriba. En verano los animales se acercan a las cumbres buscando el frescor y por ahí es por donde Elmer dejó las trampas. Recorre varias millas al día por estas montañas, aunque en verano la actividad es menos intensa. Se atrapan generalmente piezas pequeñas para comer en un día o dos; la carga fuerte de trabajo vendrá en otoño, cuando hay que almacenar mucho, ahumarlo, salarlo…
Al subir a lo alto de una pequeña colina junto a la cabaña, divisa río abajo, por donde está la casa de Tobías, emerger una débil humareda sobre los árboles. Eso significa que ha iniciado una carbonera.
Las carboneras necesitan una atención constante día y noche durante dos o tres semanas; no se pueden perder de vista más de un par de minutos. Elmer irá un par de noches o tres por semana a relevarlo para que Tobías pueda dormir un poco.
Mientras siguen montaña arriba siguiendo intermitentemente senderos hechos por los bannock y los shoshone, pequeñas zonas peladas donde aún hay algo de artemisa y mucho grosellero y amelanchier se intercalan entre enormes y espesos bosques de abetos Douglas, pinos huyocos, álamos temblones… En primavera y verano la mezcla de olores de resinas y flores es muy intensa, sobre todo donde hay pinos, que son mucho más resinosos que los otros. La nariz de Elmer sabe distinguir un árbol en donde un oso frotó su espalda recientemente, que deja un olor bien reconocible.
Todavía vienen algunos bannock o shoshone por aquí alguna vez (la verdad es que no los sabe distinguir bien) y alguna vez se cruzó con alguno. Hace unos años que ya no son hostiles pero no se fían del hombre blanco y evitan interactuar; están resentidos. Los están metiendo a todos en una reserva en Idaho.
De niño vio como su padre tuvo algún encontronazo con ellos que a punto estuvo de acabar mal y por eso en su adolescencia llegó a sentir odio por ellos pero la verdad es que los comprende y no le gusta que hagan esas cosas con ellos; no parece justo. No tendría ningún problema en tenerlos de vecinos.
Y la verdad es que Elmer es un bonachón. Tiene un tamaño, digamos, disuasorio y podría llegar a cualquier cosa por defender su casa y su familia pero fuera de situaciones extremas en las que nunca se vio, es de esas personas que evitan el conflicto a toda costa y suelen buscar siempre el lado bueno de las cosas y de las personas. Excesivamente confiado e inocente, piensa su esposa.
Cuando se van acercando a la primera trampa, Scout se pone en posición, bajando la cabeza al caminar y elevando las orejas, alerta y con la mirada fija; eso significa que hay presa. Poco después se empieza a escuchar, es un zorro y aún está vivo.
Al llegar hasta allí mi abuelo lo mata con el cuchillo. La piel es excelente. Se quita la chaqueta, que ya le sobra, encuentra una roca medianamente plana y allí lo desuella. Tranquilamente pero sin pausa. Viéndolo cualquiera podría decir que es un proceso fácil de hacer, pasando el cuchillo por el cuero interior como un artista pasa su pincel por el lienzo, pero es que Elmer, aunque joven, es sobradamente experimentado; su padre le enseñó el oficio desde que apenas se sabía limpiar los mocos. Riega la piel con un poco de agua y la cubre bien con un pequeño saco de lienzo antes de meterla en el morral. Si encuentra otra pieza así ya podría dar el trabajo del día por terminado.
Hacia el mediodía, tras terminar de revisar toda la línea trampas con un buen resultado, antes de iniciar el descenso hasta la cabaña se acerca hasta un lugar bien conocido para él, donde almorzará.
Es un pequeño riachuelo estacional entre pequeñas rocas y muy pedregoso que baja entre los árboles. En esta época no llega casi ni a cubrirte los pies pero aporta frescor cuando te acercas. Elmer tiene la espalda empapada de sudor.
Ya tiene allí una roca-asiento reservada para sí mismo; Scout también la conoce y ya la olisqueó antes de que su dueño llegara hasta ella. Se sienta tranquilamente con un ligero quejido de cansancio mientras se descuelga el morral y saca un trozo de pan duro, carne seca de ciervo y su cantimplora de hojalata, en el momento en que se da cuenta de que ya la tiene casi vacía.
Se vuelve a levantar para rellenarla en el arroyo y la tiene que pegar completamente al fondo para que pueda entrar por la boca el agua fresca.
Se vuelve a sentar con un largo y sonoro suspiro de triunfo de cuando ya tienes todo lo que necesitas. Inconscientemente, ver a Scout olisqueando aquí y allá tranquilamente y bebiendo del arroyo una y otra vez, le hace no tener que estar pendiente de ruidos extraños a su espalda, lo que le da toda la paz que necesita. El perro detectaría a un oso o un puma a decenas de metros de distancia. Se pondría a medio agachar, como a punto de lanzar un ataque, gruñendo bajo y concentrado, mirando fijamente en la dirección de donde le venga el olor. Estos perros no ladran casi nunca, salvo cuando juegan entre ellos o para avisar de que se acerca alguien desconocido a la cabaña.
Sentado ya cómodamente, con un cuchillo va cortando trozos de pan y de carne, que sujetándolos con el pulgar para que no se caigan del filo se los lleva a la boca pausadamente, entre sorbo y sorbo de agua mientras contempla todo a su alrededor, disfrutando del lugar.
Este es su momento.
Mira arriba hasta las altísimas copas de los abetos y de los pinos que se balancean levemente con una suave brisa que viene del sur, del otro lado de la cumbre. El calor del día junto al frescor del agua le hacen sentir que la temperatura es perfecta. Se deja invadir por el sonido que hace la brisa entre las acículas junto con los crujidos de los troncos, el olor a resina, el del pan y la carne, el murmullo del agua buscando su paso entre las piedras y la tierra mojada por aguas cristalinas que se elevan por encima del olor del sudor en su camisa de lana, que también hace aflorar un leve aroma a aceite de castor. Un petirrojo le silba muy cerca, como si lo estuviera llamando a él. Lo busca entre las ramas pero no lo encuentra.
Cuando termina le da a su perro la parte que le toca, limpia el cuchillo al pantalón, lía un cigarro y se recuesta en la roca apoyando los codos, mirando el hipnótico baile de las copas de lo árboles. No tendrá prisa por marcharse; este es el único momento en el que tiene que luchar contra la pereza. En cuanto note que los párpados empiezan a pesar, se levantará.
Muchas veces, en verano, los domingos trae a Stella a este mismo arroyo un poco más abajo, a un sitio muy parecido más cerca de la cabaña, con el almuerzo y los perros. Son los momentos más felices de su vida.
Comen sentados en el suelo, después se tumban boca arriba y sestean sobre la hierba fresca, hablan sobre traer niños al mundo, sobre el futuro. Los dos tienen veintisiete años aunque a ojos de hoy cualquiera les podría calcular más de cuarenta. Una vida tan dura castiga el aspecto de uno aunque ambos aún son bien parecidos. Elmer tiene una poblada barba que, a pesar de su juventud, empieza a mostrar alguna cana.
Pensando en esas cosas, deseando que el domingo haga un día como este para poder compartir estas sensaciones con su esposa, se sobresalta cuando los párpados empiezan a bajar el telón sin haberlo previsto.
Se despereza rápidamente y se levanta con un vigoroso movimiento que hace que Scout, dormitando en el suelo, se sobresalte también y lo mire abriendo los ojos como platos y elevando las orejas.
Elmer se arrodilla, ahueca una mano para coger agua del arroyo y se la echa a la cara y se la frota, y la nuca.
—¡Va!
Scout se levanta de un salto y comienza a corretear rio abajo, como si ya supiera que vuelven a casa.
Hacen el camino de vuelta con tranquilidad, aún es pronto. Yendo pendiente abajo, por donde se abren pequeños claros se ve el amplio paisaje de la cordillera al norte del Dead Indian; una vista magnífica.
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Carbón
No mucho después, Buck anuncia a Stella que ya llegan y los dos salen a recibirlos.
—¡Caramba, Elm! no te esperaba tan pronto. ¿Qué tal fue? —pregunta ella mientras los perros empiezan a juguetear simulando que se muerden.
—Muy bien. Buenas pieles.
Saca la carne y las pieles del morral y se dirige a un tocón que utiliza para preparar las pieles pequeñas. Con el agua que roció sobre ellas se aguanta blanda y facilita el raspado.
Stella se sienta en una silla del pequeño porche, muy cerca de él.
—Mañana hacia el atardecer iré con Tobías; está con una carbonera —dice mirando en dirección a donde vive su vecino aunque desde la cabaña no se ve esa parte del río
—Ya le tengo el gorro. Acuérdate de llevárselo.
Stella Mae ya hace algún tiempo que esta aprendiendo a preparar prendas de vestir con las pieles y se le da bastante bien. Ya confeccionadas pueden sacar hasta el doble de valor por cada piel.
Algo después, Elmer termina y mete las manos en un cubo de agua frotándolas para eliminar la gruesa sal con la que acaba de rociar las pieles, se seca las manos al pantalón y se sienta junto a Stella en el porche, ambos mirando al horizonte.
—Cuando quieras cenamos —le dice Stella.
—Sí, espera un poco. Se está muy bien aquí.
—Es un día precioso.
—Si el domingo está así, ¿vamos al río?
—¡Sí! Me encantan esos días.
Ambos se quedaron allí un buen rato en silencio, sintiéndose cerca el uno del otro y cenaron tarde.
A la mañana siguiente se repitieron un despertar y una jornada muy parecidas a las del día anterior.
Después de cenar, Elmer se marchó a casa de Tobías con el suave y anaranjado sol del atardecer. Es una media hora de caminata río abajo.
—¡Ah de la casa! —exclama cuando ya tiene a Tobías a la vista.
Este se gira hacia él y le hace un ademán de bienvenida.
Tobías es un hombre alto y bastante delgado para el estándar de las Rocosas pero de brazos robustos. Ronda los treintaicinco. Siempre tiene la piel y la ropa llenas de hollín y de serrín y suele estar sudoroso sea invierno o verano. Huele a madera, a sudor y a carbón al mismo tiempo, y desde lejos. Se puede pasar media hora acariciándose la barbilla mientras mira un árbol de arriba abajo. Es un hombre muy paciente, de buen carácter y de hablar suave y educado. Siempre tiene en la mano alguna herramienta aunque no la esté usando. Su cabaña es bastante pequeña pero robusta como ninguna y bien cuidada.
—Siéntate —le dice Tobías girando hacia él una silla—. Acabo de preparar café.
El gesto amable que le pone al recién llegado sirve como muestra de agradecimiento por haber venido a echar una mano.
—¿Alguna novedad? —pregunta el carbonero mientras coge el pote de café. Elmer está sacando algunas cosas del morral.
—Todo bien. Traigo carne de venado y el gorro, que ya está listo.
Tras servir el café, Tobías se prueba el gorro.
—Qué maravilla. Suave y cálido. Es perfecto. Dale las gracias a Stella Mae de mi parte.
Tobías forjó hábil y delicadamente varias de las herramientas que usa Stella para confeccionar la ropa.
—Es una buena piel; te dará calor en invierno.
Tobías asiente con satisfacción, tocando, mirando y dando vueltas a su nuevo y flamante gorro.
Entonces se quedaron sentados café en mano, en silencio, de cara a la carbonera durante un buen rato.
Cada poco, Tobías se levanta y la rodea mirando detenidamente el humo que desprende entre la capa de hojarasca y tierra que cubre el gran montón abovedado de madera de álamo que en unas semanas se transformará en carbón. Se agacha y comprueba o retoca respiraderos en la base a los que él llama gateras. Después se vuelve a sentar junto a Elmer.
—Creo que me voy a quedar inconsciente, si no te importa.
—Claro —responde el trampero sonriendo—, duerme tranquilo. No permitiré que la carbonera huya a ninguna parte.
No necesitan planificar nada; ya saben como va. Uno duerme un par horas mientras el otro vigila, por turnos. Elmer no sabe mucho de carbón pero Tobías ya le explicó detalladamente a qué cosas debe de estar atento: el color y el olor del humo, y que no haya el más mínimo indicio de que algo está en llamas por dentro. Siempre hay café caliente cuando a uno de ellos le toca despertar. Antes de dormir, Tobías deja junto a su vecino comida, tabaco y licor, además del café.
Así transcurrió la noche hasta que el cielo despejado comenzó a adquirir tonos cian hacia el este mientras las estrellas iban desapareciendo, con un rocío gélido cayendo en todo el bosque excepto en un radio de un par de metros alrededor de la carbonera.
Elmer hizo el último turno antes del amanecer, como es costumbre. Cuando se despertó Tobías con la creciente luz, el humo ya se veía tornando a azulado y el característico olor dulzón que va adquiriendo una carbonera cuando trabaja como debe inundaba todo alrededor; un aroma muy agradable y reconfortante.
Se tomaron el último café con el desayuno, charlaron brevemente sobre las bondades del verano y el dulce aroma de la carbonera les animó a hablar también de lo satisfactorio que es cuando las cosas van como deben ir.
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El mensaje perdido
Cuando llega el domingo el tiempo está desapacible y los Kaplan deciden posponer su salida al arroyo. No amenaza lluvia pero viene un viento frío e intenso del norte que hace pasar pequeñas pero gordas nubes gris oscuro a toda velocidad sobre sus cabezas.
A primera hora de la tarde, Elmer está realizando el segundo intento de su vida de preparar un pastel de manzana. Stella está sentada a la mesa con un cuaderno de recetas manuscrito con los pasos a segur pero tiene una estricta política de no intervención; sólo le va leyendo cada punto cuando él se lo pide.
Él está enfrascado, muy concentrado, y bufa y chasquea la lengua cada dos por tres, como si todo lo que no sale como pretende fuera culpa del mundo y no de él. Scout y Buck están en el porche, de pie con las patas delanteras apoyadas en la ventana enfrente de Elmer, respirando ansiosos y con la lengua de fuera, pidiendo, mientras Elmer también se las da con ellos, lanzándoles a cada rato el dorso de la mano como si los fuera a abofetear.
De vez en cuando, Stella, sentada a su espalda, se inclina hacia atrás en la silla sigilosamente para ver lo que hace su marido y niega con la cabeza.
Elmer espanta las moscas con la tapa de una olla y se limpia las manos al pantalón continuamente con un gesto de frustración.
Ella, con un codo en la mesa y apoyando la cabeza en la mano, con el agradable calor de la cocina nota como los párpados comienzan a ganar peso, cada vez más; le pican los ojos. Un instante después los párpados terminan cayendo y la cara le resbala por la mano, se sobresalta y se vuelve a colocar pero inmediatamente los párpados vuelven a lo suyo; se hace la oscuridad. La boca se entreabre y un hilillo de baba comienza a caer por la comisura.
En ese momento Elmer ve como los perros se apartan de la ventana y comienzan a mirar atentamente en dirección noroeste, moviendo la cola. Eso significa que viene alguien conocido. En esa dirección sólo puede ser Sam.
—Viene Sam —anuncia Elmer.
—¡¿Qué?! —exclama Stella sobresaltada e inmediatamente se pasa la manga por la boca y sorbe ruidosamente.
Elmer se gira con la cuchara en la mano, mostrándosela. Stella inmediatamente entiende y se levanta con pesadez a cogerla y relevarlo. Nadie debe saber que un trampero de las Rocosas dedica sus domingos de asueto a la repostería.
—Dios me de paciencia —dice ella en susurros.
—¿Qué dices?
—¡Nada! —contesta iracunda por el sueño interrumpido.
Elmer duda un instante si entrar al trapo pero finalmente se vuelve a limpiar las manos al pantalón negando con la cabeza y sale afuera.
Stella analiza la obra de Elmer también negando con la cabeza, mientras escucha a su marido dando la bienvenida a Sam.
—Esto no hay manera de arreglarlo —dice en voz baja para sí misma—. Menudo desastre.
Stella se dispone a tirárselo a los perros cuando escucha a su marido acercándose a la puerta:
—Pasa, Mae acaba de hacer un pastel de manzana.
—Yo lo mato—dice ella susurrando enérgicamente.
—Buenas tardes, Stella Mae. Qué alegría verte.
—Buenas tardes, Sam. Bienvenido. Siéntate, por favor —le dice mientras pasa un paño por el asiento de una silla antes de girarla hacia él.
—Doris te manda recuerdos. Quería subir y quedarse aquí contigo mientras yo voy después a ver a Tobías pero con este frío…
—Oh, qué ganas tengo de verla.
En ese momento Elmer está acercando a la mesa su mejunje de manzana y Stella lo mira de reojo.
—Oh, no —exclama ella—, me salió fatal. No creo que valga la pena comerlo.
—Seguro que está muy bueno —dice Sam
—Sí, sí —confirma Elmer sentándose.
Siguen charlando mientras sirven el pastel y comienzan a comerlo.
—Pues está riquísimo —dice Sam cortésmente mirando a Stella pero ella ve como su gesto al masticar no indica lo mismo.
Stella nota como su cara se ruboriza de ira contenida y disimula apoyando las manos en la cara.
—Quizá los trozos un poco grandes —dice Elmer caminando al borde del abismo, a lo que ella le lanza una furtiva mirada asesina.
Y así es, las manzanas están cortadas en trozos enormes y además aún son muy agrias por la época, tal y como ella le advirtió. Más que un pastel parecen varios mazacotes de manzanas agrias, harina, azúcar en exceso y una masa basta de huevo mezclados a martillazos.
Sam se quedó un rato charlando amigablemente con ellos y después hicieron trueque de varias cosas. Vino antes de lo que todos tenían planeado porque el martes se marchará con su ganado a una feria y estará un par de semanas o más fuera. Después se despidió y se fue a casa de Tobías.
Una vez solos, Stella le cantó las cuarenta a Elmer en tono de soprano por la traición del pastel, con un azote de paño de cocina incluido, y este salió bufando y echando pestes de la cabaña; no lo veía para tanto, decía.
Stella se quedó sentada de brazos y piernas cruzadas, rígida, balanceando nerviosamente el pie suspendido, esperando a que al poco entrara Elmer a disculparse y en ese momento girar la cabeza en otra dirección para mostrarle su desprecio.
Elmer estuvo con sus cosas; las pieles, las herramientas… pero sin hacer nada, toqueteando nervioso aquí y allá, despotricando contra el carácter de Stella en voz baja, haciendo el tiempo hasta calmarse. No pasaron ni diez minutos antes de que entrara a disculparse con su mujer y hacer las paces. La sensación de desamparo que siente cuando Stella se aleja de él es desoladora.
Stella llevó a cabo su plan de girarle la cara e ignorarlo un rato pero tampoco tenía pensado castigarle mucho tiempo; tras dejar que Elmer se deshiciera en disculpas ya volvieron a ser tan amigos, aunque ella le hizo saber que iba a estar un tiempo en periodo de prueba y que más le valía portarse bien.
Poco después de eso, Sam llegaba a casa de Tobías.
Charlaron un rato e hicieron el trueque. Mientras Sam terminaba de cargar carbón en el carromato, notó a Tobías preocupado, dando vueltas nerviosamente alrededor de la carbonera.
—¿Algún problema, Tobías?
—No puede ser, no puede ser… —dice mientras cierra un respiradero.
—Si te puedo ayudar en algo…
Tobías estaba notando que algo podría estar ardiendo dentro de la carbonera; algo que hace mucho tiempo que no le pasa y que es desastroso pero ya sabe que Sam tiene un viaje importante y, además de que el ranchero no tiene ni idea de cómo funciona una carbonera, la ayuda que necesita podría alargarse durante horas tal y como está sospechando.
—Quizá me puedas ayudar —dice finalmente Tobías—. De vuelta, ¿harás el favor de avisar al húngaro a ver si puede venir? —pregunta mientras Sam asiente—. No te lo tomes a mal, es que él ya sabe cómo vigilarla mientras yo me ocupo de otras cosas; no es algo sencillo y no quiero arruinarte a ti los preparativos; esto podría alargarse.
Sam entiende que los argumentos del carbonero son ciertos. Además, si está pidiendo ayuda es porque la situación debe de ser extrema.
—Lo comprendo, no te preocupes. Claro que le avisaré; iré todo lo rápido que pueda.
Casi al mismo tiempo que pasaba esto, en la cabaña del trampero escuchan un caballo acercarse a toda velocidad. Elmer sale apresuradamente a mirar. Es el hijo mayor de Sam y viene como una exhalación, con la cara congestionada y gesto de preocupación.
—¡Señor Kaplan! —le grita antes de detener el caballo.
—Hola, Ron. ¿Qué ocurre?
—¡Ay, señor, señor! ¡Un desastre! —exclama mientras los cascos del animal derrapan con la enérgica frenada— ¿Mi padre ha pasado por aquí?
—Sí, ya hace rato, estará con el alemán ahora. ¿Puedo ayudar en algo?
—¡Las reses se han escapado! —exclama ansioso mientras el caballo, igual de nervioso, se mueve erráticamente a un lado y a otro—. Unas reses desconocidas seguidas por algunos vaqueros que no sé quiénes son han pasado en estampida y han tirado la cerca, y las nuestras se han contagiado. Discúlpeme, ¡me marcho corriendo! —exclama ya espoleando al caballo.
Ambos saben que Elmer no puede ayudar en ese caso; ni siquiera tiene caballo. Se quedó mirando preocupado como el chico se alejaba a una velocidad endiablada, disparando hacia atrás como proyectiles la tierra que pisaba, no sólo por tener un buen caballo si no también por esa agilidad y ligereza que aporta la juventud del jinete.
Más o menos a medio camino entre las cabañas del trampero y del carbonero, padre e hijo se encontraron. Sam, viéndolo acercarse así ya dio por hecho que algo muy malo estaba pasando.
Su hijo le contó lo ocurrido y Sam se puso rojo de rabia y frustración.
—¡Justo ahora! —gritó en su punto máximo de ira, dando un manotazo tan fuerte en el asiento del carromato que le dolió.
Pensó que tener que bajar hasta el valle con el carromato cargado le retrasaría muchísimo. Como medida desesperada decidió desengancharlo para dejarlo allí y volver a buscarlo cuando pudiera.
—¿Piensas ir a pelo? —le pregunta el chico sorprendido.
—¡Pues claro! —le contesta enfadado—. ¡¿Ves alguna silla por aquí?!
Sam se vio desbordado por el estrés y el enfado y se lio varias veces con las riendas cuando separaba al caballo de su carga mientras su hijo se impacientaba en respetuoso silencio, amagando con ayudar cuando su padre se enredaba pero repensándoselo para no recibir un grito.
Después, ambos salieron a todo galope y entonces ocurrió algo que lo cambiaría todo.
Tal era el grado de estrés y frustración que tenía Sam que se olvidó por completo de llevar el mensaje de Tobías a Elmer.
Continuará
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