Tobías Beck - Carbón a ceniza

Carbón a ceniza. Parte 2. Final

A Ceniza

Tobías acercó la oreja a la cubierta de la carbonera. El oído le está diciendo lo mismo que el color del humo que ve: que algo está prendiendo dentro.

Las carboneras se enfrentan a dos problemas desde que se inician: uno de ellos es que se apague y el otro es que arda en llamas, y ambas cosas se controlan con los respiraderos y el tiro central. El primer problema tiene solución, sin embargo el segundo, si no se controla rápidamente, es irreversible; la madera, en vez de en carbón se convertirá en ceniza, echando todo el trabajo a perder.

Tobías comenzó cerrando algunos respiraderos, dejando las tareas más importantes para cuando llegue Elmer. Necesitará acercarse hasta el arroyo a por barro, lo que le separará de la carbonera unos valiosísimos minutos en los que no piensa dejarla sola y sin vigilancia durante una situación crítica como esta. También quiere subirse a controlar el tiro pero no le gusta hacerlo sin alguien más allí; la bóveda podría colapsar con el peso.

Cierra respiraderos para que entre menos aire pero con suma atención para que tampoco se apague, pegando la oreja, mirando por un lado y por el otro, dando vueltas alrededor de la bóveda. Siguió así, con pequeños arreglos, durante más de una hora cuando poco a poco se empezó a impacientar esperando a Elmer.

Esta sudando tanto por el calor como por el estrés y cada vez más sucio. Le pican los ojos y cuando se los rasca con sus manos completamente ennegrecidas o con el antebrazo, agrava el problema.

«¿Dónde estás, Elmer?», piensa. «¿Vamos, por qué demonios tardas tanto?».

El tiempo sigue pasando lentamente, cargando todo su peso sobre el estresado carbonero. La tarde se va yendo. Las nubes que pasan a toda velocidad ya adquieren tonos anaranjados por abajo.

«Unos quince minutos en carreta, mas una media hora andando, mas otros diez minutos por dejar lo que estuviera haciendo, ya debería haber legado hace al menos una hora», piensa. Sabe que un domingo en verano y a estas horas no estaría por ahí, en la montaña. Durante ese tiempo pensó en excusas que disculparían la tardanza pero poco a poco, las disculpas empezaron a desaparecer al mismo tiempo que los pensamientos se iban transformando en voz.

—¡Vamos, trampero! ¿¡dónde demonios estás?!

Usó casi toda el agua que tiene de beber para hacer barro fresco y echarlo alrededor de la cavera para enfriar el montón pero es muy poco; necesita mucho más.

—¡¿Por qué coño no vienes, húngaro?!, ¿te fallé yo alguna vez?

Se acabó subiendo al montón para controlar el tiro central, enfadado, irritado, haciéndose mala sangre, sin apenas importarle dónde o cómo pisaba sobre la cobertura.

Más tarde, casi ya sin luz, desesperado y embargado de ira, decidió bajar hasta el arroyo a por barro, dejando la carbonera sola.

—¡Elmer Kaplan, eres un maldito judío de mierda!— exclamó mientras subía de vuelta con dos pesados cubos, ya casi en plena oscuridad, sudando a chorros, tropezando, arrasando por donde pisaba, deseando que el trampero hubiera llegado pero ya no para ayudarle si no para que escuchara lo que estaba vociferando.

Ya no aceptaría su ayuda; su desprecio por el trampero ya había superado a la importancia de salvar la carbonera.

Tobías trabajó sin descanso hasta bien entrada la madrugada. No fue mucho antes de que el cielo empezara a clarear cuando por fin pudo tumbarse quince minutos, ya más calmado pero extenuado, luchando por seguir despierto. No todo lo que pudo salir mal salió mal y, aunque sabe que una parte de la carbonera probablemente la haya perdido, la mayoría la habrá salvado.

Lunes

Otro día de trabajo que comienza con la rutina habitual, con la delicadeza de Elmer levantándose de cama y Stella protestando.

Es un día de esos intermedio; ya no hace el viento de ayer pero todavía no es un día cálido y apacible de verano, quizá mañana. Sin embargo para los perros el día empezó mejor que nunca; desayunaron pastel de manzana y no pusieron ni una sola objeción a la receta mientras Elmer, en calzones, los miraba asomando una sonrisa mientras se rascaba la barriga, pensando que al menos a alguien le gustaba lo que había cocinado.

Hacia el atardecer se marchó a ayudar a Tobías con la carbonera.

Cuando ya lo tenía a la vista, saludó con su forma habitual.

—¡Ah de la casa!

Tobías se gira para mirarlo pero inmediatamente sigue a lo suyo, ignorándolo. Elmer ni siquiera pensó nada en ese momento dando por hecho que el carbonero estaba muy atareado con algo.

—Mira, traigo u…

—Ya me arreglo yo —interrumpe secamente el carbonero.

Tobías Beck - Carbón a ceniza
Tobías Beck – Copyright Mundo Kaplan

Elmer duda un instante; no está seguro de haber entendido bien.

—¿Hubo algún problema? —pregunta inocentemente.

En ese momento Tobías se gira hacia su vecino, mirándolo intensamente a los ojos.

—He dicho que ya me arreglo yo —dice enérgicamente y le mantiene esa mirada un instante hasta que se vuelve a girar y sigue a lo suyo.

Elmer se queda unos segundos paralizado, con un palmo de narices, intentando comprender a qué viene esa actitud hacia él, pensando qué podría decirle. Jamás había escuchado a Tobías hablar en ese tono. Entonces entiende que el carbonero ya le ha dicho todo lo que le tiene que decir. Se da media vuelta y se marcha.

Nunca se le había hecho tan larga la vuelta a casa. La cabeza de Elmer es un avispero. Intenta buscar motivos por los que su vecino se podría comportar así con él pero a ninguno le ve sentido.

Cuando llega le cuenta lo sucedido a Stella, sentada en el porche.

—Qué raro —dice ella—. Nunca había visto a Tobías enfadado.

—Yo tampoco —contesta mientras coge agua de un cubo con un cazo.

Elmer se queda de pie mirando en dirección al río, con una mano en la cintura y con la otra dando pequeños sorbos de agua.

—No me explico por qué puede ser, por más que lo pienso —dice casi en susurros, con el cazo frente a la boca.

Stella se quedó mirándolo, estudiando sus movimientos y su tono de voz. Ella conoce hasta el más mínimo detalle de su personalidad. Sabe que es una persona muy sensible aunque quiera aparentar lo contrario pero nunca lo vio en una situación como esta. Entonces se adjudicó la tarea de observación y control para los próximos días, a ver cómo evoluciona el problema sin permitir que la cabeza de su marido se desmadre dándole vueltas a las cosas.


Durante una semana a partir de aquello, Elmer estuvo un poco más serio y callado de lo normal pero Stella tampoco vio nada del otro mundo que le pareciera preocupante. El siguiente domingo sí que pudieron ir a comer al arroyo y fue un día muy agradable, como suelen ser normalmente esos días. Lo que sí notó es que esa semana Elmer consumió más carbón del que suele ser habitual. Generalmente para las cosas más sencillas y rápidas utilizan leña, dejando el carbón para necesidades más específicas como la estufa, ya que las brasas aguantan toda la noche, o para ahumar carne. El domingo comentó que al día siguiente iría hasta casa de Tobías porque se estaba acabando y que le llevaría carne, grasa y algunos sacos hechos con las pieles. Stella entendió que Elmer había provocado una excusa para volver a hablar con Tobías y no le pareció una mala idea.

Elmer estaba ansioso por ver si a Tobías se le había pasado lo que fuera que le pasaba.

Llegado el lunes, al atardecer cargó las cosas en una de las mulas y se encaminó hacia casa de Tobías. Stella se comportó como normalmente pero en cuanto Elmer comenzó a alejarse ella se quedó sentada en el porche, inquieta, mirándolo mientras caminaba, deseando que le fuese bien y volviese con buenas noticias. Estaba convencida de que Elmer había estado toda la semana esperando este momento.

Cuando ya se estaba acercando, Elmer fue más cauto de lo normal al saludar, a la expectativa.

—¡Hola! Hola, Tobías.

—Elmer —saluda secamente el carbonero haciendo un leve gesto de cabeza, sentado frente a la carbonera aún en curso.

—A ver si tienes un poco de carbón por ahí, hombre, que se me está acabando —dice mientras quita las cosas de la mula.

Tobías guardó silencio mientras miraba lo que traía el trampero. Tras verlo, asintió con la cabeza y se dirigió a la gran estructura de troncos y tablas que tiene tras la cabaña, donde almacena la leña y el carbón.

Un momento después, Tobías apareció acarreando un saco.

—¿Te ayudo? —pregunta Elmer.

—No, ya está.

Elmer entró en un momento de extrema incertidumbre; sabe que lo que le trae vale al menos dos sacos pero aún no sabe si es que el segundo saco lo traerá también él, o es que sólo le ofrecerá un saco.

Cuando llegó hasta él, dejó caer el saco de golpe, apoyó los puños en la cintura y se quedó mirando a Elmer.

Elmer levantó la vista hacia Tobías con cuidado de no poner una mirada desafiante para no agravar el problema.

—Ha subido el valor. Es lo que hay.

Elmer notó que algo dentro de él se empezaba a enervar; pensó que doblar el precio del carbón los arruinaría pero consiguió mantener la calma y habló en tono apaciguador.

—¿En algún momento me dirás lo que pasa? Si hice algo malo no ha…

—Es lo que hay. ¿Te vale o no? —le interrumpe Tobías con agresividad.

Al trampero le estaba costando cada vez más mantener la calma pero ya traía una estrategia muy planificada de paz total, pasara lo que pasara, y fue capaz de mantener el tipo mostrando un gesto de resignada aceptación, asintiendo con la cabeza.

—De acuerdo, Tobías, de acuerdo, me vale.

—Pues hasta más ver —dice el carbonero mientras coge algunas de las cosas, mostrando que espera que Elmer ya no esté allí cuando vuelva a por las demás.

Elmer cargó el carbón sobre la mula y se marchó con tranquilidad, cuidándose de no demostrar enfado.

Alrededor de una hora después de haberse marchado de su casa, con el cielo tornando ya a anaranjado por el oeste, Elmer vio a lo lejos a Stella sentada en el porche y cómo se ponía en pie al verlo llegar.

Fue un gesto que ella no pudo evitar. En realidad apenas se movió de allí desde que se fue Elmer más que para caminar de un lado a otro del pequeño porche con los brazos cruzados, preocupada, con Buck y Scout dormitando a su lado y mirándola cada vez que se levantaba de la silla.

Se tranquilizó al distinguir el reconocible saco de carbón sobre la mula e inmediatamente se volvió a preocupar al ver que sólo había uno pero no quiso adelantar acontecimientos; no es algo raro que un trueque se complete en dos entregas.

Cuando Elmer llegó, se sentó junto a ella en el porche y le contó todo lo ocurrido detalladamente. Lo que más le llamó la atención a Stella es que le llevó unos diez minutos contarle un encuentro que apenas debió de durar tres; algo que generalmente Elmer habría ventilado con tres o cuatro monosílabos.

—Nos va a arruinar —dijo para rematar su relato de lo ocurrido—. El doble es mucho subir pero si se lo subo yo a él también, como lo hace para castigarme por sabe Dios qué, será el cuento de nunca acabar.

—Bueno, no es el fin del mundo tampoco —le dijo ella—. Usaremos más leña y menos carbón; sólo es cuestión de acostumbrarse. Hasta nos podría salir a cuenta.

Elmer no contestó, negando con la cabeza, con la mirada perdida en el infinito

En realidad Stella sabe que Elmer, a su vez, también sabe que se pueden arreglar bien con menos carbón. Es sólo el canal al que se ha agarrado él inconscientemente para desembocar su frustración.

—Lo raro es que al menos no te diga el porqué. ¿Qué le cuesta?

—No sé, Mae, no sé pero en su mirada hay odio hacia mí. Es algo muy evidente. Ese hombre de repente me odia. ¿Estará chalado?

Pero él no cree que Tobías esté chalado; lo conoce. Esta seguro de que todo esto es por un motivo que desconoce.


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El regreso de Sam

Durante unos diez días más, Elmer siguió en la misma actitud; algo cabizbajo pero nada que a Stella le hiciese saltar las alarmas. Parece que él no perdía la esperanza de que todo esto se arreglaría de una u otra manera con la misma facilidad con la que empezó.

Entonces un día escucharon el carromato de Sam acercándose.

Sam venía con Doris, su esposa. Ella y Stella se tenían mucho aprecio.

Elmer le preguntó por el problema de la estampida y se quedaron los cuatro charlando en el porche, con un café al calor del atardecer.

El problema, al final, no había tenido consecuencias serias. Un ranchero que se había establecido hacía poco tiempo unas millas más al norte estaba trasladando el ganado a unas praderas en la falda de las montañas. No lejos del rancho de Sam, un puma atacó a uno de los terneros provocando la estampida. En cuanto controlaron el ganado, el nuevo ranchero y sus vaqueros ayudaron a reunir las de Sam y después a arreglar la cerca destruida, ofreciendo además un buen semental a modo de compensación. El problema quedó resuelto aquella misma tarde.

Después de eso, Elmer y Sam pasaron al interior de la cabaña con la excusa de ver no sé qué, pero Stella se las arregló para colocarse cerca de la puerta abierta, de forma que pudiese estar atenta al interior.

Tras una breve charla mirando unas pieles, Elmer y Sam se sentaron a la mesa con sus cafés y el trampero sacó el tema.

—Cuando estuviste la última vez, ¿notaste algo raro en el alemán? Desde ese día no me puede ni ver y me ha subido el precio del carbón al doble.

—Pues no. Sí recuerdo que cuando me i… ¡Oh! —exclama repentinamente el ranchero llevándose las manos a la cabeza—. Dios mío, es culpa mía. Parece que tenía un problema con la carbonera y me pidió que te avisara pero entonces apareció Ron contándome lo del ganado y… ¡oh! ¡se me olvidó!

Stella, mirando de reojo atenta a la conversación de ellos mientras le habla Doris, se fija como Elmer comienza a mover nerviosamente el cazo del café entre las manos cuando Sam descubre el origen del problema.

—Hablaré con él ahora mismo, Dios mío, lo siento; es culpa mía, hablaré con él —insiste Sam.

—No pasa nada —responde Elmer—. Le pasaría a cualquiera, no te preocupes.

Poco después Sam se marchó con el carromato a casa de Tobías; mostraba prisa por hacerlo, y Doris se quedó con Stella esperando a que Sam la recogiera al regreso.

Cuando Sam se marchó, Elmer se sentó unos minutos con ellas pero luego se levantó y fue a guardar la leche, la manteca, la harina y otras pequeñas cosas que había traído el ranchero. Stella se fijó en que Elmer se movía más vigorosamente, con más viveza que estas últimas semanas.

Poco después, Sam llegaba al lugar de Tobías.

Hicieron truque muy rápidamente y ya antes de terminar, Sam sacó el tema.

—Tobías, hay algo muy importante que debes saber. Cuando estuve la última vez y me pediste que avisara al húngaro, mi hijo apareció a medio camino por un grave problema en el rancho, tuve que salir a toda velocidad y olvidé completamente avisarlo. Elmer no te dejó tirado; es todo culpa mía.

—Bien —responde secamente Tobías—. No hay problema. ¿Es por eso que dejaste un carromato ahí arriba? Vi a uno de tus chicos venir a recogerlo.

—Sí, lo tuve que dejar para poder bajar rápido.

—Entiendo, no pasa nada. Ya arreglaré con el judío.

—Bien —responde Sam asombrado porque el carbonero se refiriera así a Elmer, aunque no le da mucha importancia; será cosa del resquemor de estas semanas.

Más tarde, Sam volvió a recoger a Doris y le contó a Elmer que ya estaba todo arreglado. El trampero recibió la noticia con contenida alegría.

Stella Mae

Tres días después, al atardecer, Elmer cargó carne en una mula y fue a ver a Tobías.

—¡Ah de la casa! —grita cuando tiene al carbonero a la vista, aunque no tan animadamente como solía ser habitual.

Tobías, que ya terminó de recoger la carbonera y está ocupado con leña, levanta la mano a modo de saludo y se acerca a esperar a que Elmer llegue.

—Elmer, tengo que pedirte disculpas, subirte el precio del carbón ha sido una niñería por mi parte y te lo compensaré —estas primeras palabras llenaron de optimismo al trampero—. El carbón o la leña puedes venir cuando te hagan falta por el valor de siempre pero no te necesito aquí para ninguna otra cosa. Ya me arreglo yo con lo mío.

—De acuerdo, no hay problema, no hace falta compensar nada —le contesta paralizado ante las palabras del carbonero pero mientras habla, Tobías ya se dio la vuelta caminando hacia su almacén.

Un momento después apareció con un saco de carbón y lo tiró delante del trampero.

—Esto es lo que te debo.

Elmer no esperaba una compensación, le daba igual ese saco de carbón. No supo como reaccionar. Hicieron trueque de carne por leña si mediar más palabra mientras sentía como le ardían las mejillas de frustración, y se marchó, dirigiéndose ambos una seca despedida.

Elmer notó como le caían gotas de sudor por la sien cuando comenzó a caminar. La frustración que llevaba acumulando durante semanas estaba canalizándose en forma de ira. Caminó con pasos firmes y rápidos de vuelta a casa, pegando innecesariamente fuertes tirones de las riendas de la mula.

Stella lo vio cuando ya se acercaba y comprendió por su forma de andar y sin mirarla ni saludar desde lejos, como suele hacer, que no había ido bien.

No le preguntó nada cuando llegó hasta la cabaña, esperando a ver su reacción.

—¡Este tío es imbécil! —vocifera mientras saca con mucho ímpetu y a tirones las cosas de la mula mientras esta se inquieta.

—Pero ¿por qué? ¿Qué pasó?

—¡¿Que qué paso?! ¡Pues no lo sé! Dijo que sentía lo del precio del carbón y me dio un saco de malas maneras para compensar pero que no me quería allí para nada más que para comerciar. ¿Tú lo entiendes? ¡Porque yo no!

—No tiene sentido. ¿Ahora que sabe que tú no le fallaste?

Elmer se pasó lo que quedaba de ese día y todo el siguiente a golpes con todo, a trompicones y a bufidos, dándoselas con cualquier cosa que tuviera delante. Stella le dio un poco de espacio hasta que se calmara. Al amanecer salió a la montaña con el perro pero volvió apenas a media mañana con las manos vacías y sin decir palabra mientras Scout corría a las faldas de Stella, como buscando protección.

Era un día de finales de Agosto muy caluroso, seguramente de los últimos así del verano. No corría el aire y los olores eran muy intensos. A mediodía, mientras Elmer estaba cerca del porche limpiando unas pieles sobre un tocón, Stella gritó desde el interior de la cabaña:

—¡A comer!

Elmer no respondió.

—¡A comer! —insistió.

—¡Ya! —respondió él.

Varios minutos después, impacientándose, vio por la ventana que él seguía a lo suyo, encorvado sobre las pieles. Entonces se colocó en el quicio de la puerta.

—Elmer, a comer.

—¡¡Que ya voy!! —vociferó iracundo pero sin ni siquiera girarse.

Stella se le quedó mirando aunque él ni se enteró. En ese momento decidió que había llegado el día de empezar a poner orden y trazó un plan sobre cuándo y cómo.

Cuando por fin entró, Elmer comió el almuerzo rápido y ruidosamente como un animal, erguido y mirando fijamente a la pared, masticando con la boca abierta y a toda velocidad mientras restos de comida le resbalaban por la barba.

Stella lo miró, carraspeó inconscientemente y bajó la cabeza hacia su plato arqueando las cejas.

—Qué —gruñó él desafiante, gesticulando con la cuchara.

—Nada, nada.

Hacia el atardecer, cuando el día empezaba a refrescar a una temperatura muy agradable con una leve neblina tiñendo todo de color amarillo anaranjado, Stella salió al porche con un par de cazos de switchel y se sentó [pulsa el 1 para ver nota]1.

—¡Elm! —llamó levantando el cazo a modo de invitación.

Elmer se giró para mirar.

—Ahora no me apetece —respondió e inmediatamente siguió a lo suyo.

Estaba limpiando y cepillando unas pieles ya terminadas de tratar cuando notó la mano de Stella que le cogía con suavidad la suya en la que tenía el cepillo para que parase. Él se giró para mirarla.

—Ven, Elm, siéntate conmigo —le dijo con una voz muy suave.

Estaba cansado, acalorado y estresado, con la cabeza como una olla a presión y, al escuchar a su esposa con ese tono de voz, decidió juiciosamente que quizá sí que era un buen momento para sentarse con ella apaciblemente y beber algo refrescante.

El atardecer estaba bellísimo y con una temperatura muy suave. Se sentaron mirando como las cumbres en el horizonte se iban difuminando en la neblina según la distancia. A Elmer el primer sorbo de switchel le dio esa misma sensación de agradable frescor que le da el pequeño arroyo de montaña donde tiene su roca-asiento. Sabía de qué quería hablar Stella pero no se atrevía a sacar él el tema porque no sabía cómo afrontarlo.

—Qué belleza, ¿verdad? —dijo ella tras dejar que se relajara unos minutos.

Elmer asintió mirando al horizonte.

—¿Entonces, Elm?.

—¿Entonces qué? —respondió, aunque de forma suave.

—Ya sabes de qué te hablo, vamos. Esto no puede seguir así.

—Y tú ya sabes lo que pasa. ¿Qué te voy a contar que no sepas?

—Pero no puede ser que afecte a nuestras vidas. No es más que un vecino idiota. Nuestra vida puede seguir igual que antes sin ningún impedimento.

—Pues a mí no me afecta.

Stella se giró para mirarlo fijamente y él lo notó de reojo pero hizo como que no y escondió la cara en el cazo dando un sorbo. Ella sabe que no puede esperar a que su marido deje aflorar sus sentimientos y le cuente todo lo que piensa o siente; debe de ir con mucha mano izquierda para llevarlo a dónde quiere.

—Elm, sabes cuánto te quiero, haría cualquier cosa por ti pero estás insoportable, no te aguanta ni Scout —dice mientras Elmer escupe y niega con la cabeza— y no veo motivo; no es más que un vecino.

—¿Que no ves motivo? Ya sabe que no hice lo que él pensaba y aún así… Claro que hay motivo.

—¿Aún así…? —pregunta animándolo a que termine la frase.

Elmer hace oídos sordos y vuelve a beber.

—Aún así ¿qué?, Elm —insiste con suavidad.

—Pues ya sabes, que sigue igual. Es como si me hubiera traicionado él a mí.

—¿Lo ves, Elm? ¿qué traición? ¿es que no lo ves?

—¿El qué? —contesta él elevando el tono.

Stella duda unos instantes sobre cómo reencaminar la conversación para que Elmer pueda llegar a dónde tiene que llegar por sí mismo.

—¿Sabes?, no sé que haría yo si me faltara Doris. Estoy de maravilla aquí contigo, Elm, lo sabes, es otra cosa diferente. Doris es mi amiga, Elm, mi única amiga aquí.

Elmer se quedó paralizado y confuso pensando en qué demonios quería decir Stella.

—Tú tienes más suerte —añadió ella después—, puedes pasar página.

Entonces supo que era el momento de dejarlo solo. Le sirvió más switchel para que no encontrara excusa de levantarse durante unos minutos y se fue al interior de la cabaña, sentándose en el más absoluto silencio para no despistar los pensamientos de Elmer.

Él se hundió en la silla con el cazo en la mano, dándole vueltas a lo que Stella acababa de decirle.

No fue hasta entonces cuando por primera vez en toda esta historia, tras masticar bien lo que le acababa de decir su mujer, que Elmer se dio cuenta por fin de que consideraba a Tobías su amigo, y que no estaba dolido por ninguna traición si no por haber perdido a un amigo.


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Cody

No aceptó a las primeras de cambio el desprecio de Tobías; aún era suficientemente cándido en ese campo como para no admitir fácilmente que el sentimiento no era mutuo, pero al menos ya no se lo tomaba a mal sabiendo que no había ninguna traición.

Elmer volvió a ser poco a poco Elmer y el tiempo siguió pasando a la misma velocidad de siempre.

Terminó el verano y llegó el otoño.

El trampero y el carbonero siguieron comerciando pero la actitud de Tobías no cambió. Durante meses Elmer se mostró amable y cautelosamente receptivo en sus encuentros pero siempre recibió frialdad a cambio.

No conseguía comprender la cerrazón de Tobías en rechazarlo por algo que no había ocurrido y en esa primera etapa ensayó mentalmente muchas veces conversaciones con él para que todo volviera a ser como antes pero cuando llegaba el momento y lo tenía enfrente, lo que tenía pensado le sonaba ridículo y decidió desistir; acabó aceptándolo.

Pasó página. En realidad Sam, como persona, siempre fue todo lo que no era Tobías y Elmer aprendió valorarlo.

En esa época también empezó a cazar por aquéllas montañas Jeremías «Liver-Eating» Johnson, alguien con quien mi abuelo congeniaría muy bien y que acabaría siendo padrino de mi padre, además de ponerle su nombre.

Fue un año o dos años después de todo aquello, en el 85, cuando nació Jeremías y la vida de Elmer y Stella cambió para siempre. Ella solía decirle que más que un padre parecía un abuelo por cómo trataba a su hijo, mimándolo y consintiéndolo. Fue a ella a quien le tocó hacer de sargento para que mi padre no se convirtiera en un niño mimado y dependiente (no estoy seguro de que lo haya conseguido).

Los veranos y lo inviernos siguieron pasando sin más novedad, uno tras otro. Los únicos que tuvieron que irse en esa época porque la naturaleza que termina llamándonos a todos los llamó, fueron Buck y Scout, que debieron de ser sustituidos por otros.

Hasta que en 1895 el mismísimo Buffalo Bill invitó a mis abuelos a trasladarse a su recién fundada ciudad de Cody. Alguien le había hablado muy bien del trabajo que hacían ambos con las pieles y le interesaba tener a personas así en su nueva ciudad, que a pesar del nombre era un pequeño pueblo y estaba a unas cinco horas de distancia en carromato.

Estuvieron meses debatiéndolo; no lo veían nada claro. Elmer no quería separarse de sus montañas y arroyos pero aquella era una vida muy dura, sin máquinas aún que te facilitaran el trabajo. Quisieron probar un futuro diferente para su hijo y decidieron aceptar la invitación.

Fue a despedirse de Tobías y «Suerte. Adiós» fue todo lo que recibió del carbonero.

Elmer siguió subiendo algunas semanas a la cabaña por temporada, en primavera y otoño, para cazar y bajar género al pueblo pero con el tiempo encontraron buenos proveedores y fue yendo cada vez menos. Cuando iba subía la pequeña colina para ver el humo en la casa de Tobías y saber que estaba bien pero ya nunca volvió a ir hasta su cabaña.

El negocio les fue muy bien y les dio una buena y cómoda vida.

Pasados muchos años, ya debió de ser bien entrada la década de 1910, un día mi abuelo se encontró de golpe en un comercio del pueblo con Tobías, muy envejecido. Pero nada había cambiado. Resultó que el carbonero también había acabado trasladándose a Cody y se cruzaron muchas veces más pero nunca intercambiaron más que un seco saludo.

A Sam y a Doris los siguieron viendo pero ya sin trueque; por simple y buena amistad a pesar de que ahora estaban mucho más lejos. Sobre todo cuando llegaron aquéllas máquinas de cuatro ruedas que hacían un ruido ensordecedor. Doris se compró una y venía a menudo a Cody a pasar un par de días con su amiga Stella.

Fue estando ella de visita cuando a mi abuela, un mal día, un médico le encontró un bulto feo dentro del cuerpo. Aquel bulto la fue apagando muy rápidamente; los médicos no sabían qué hacer con él.

Stella Mae murió en el año 1918 rodeada por las personas que más quería en este mundo.

Hacerle entender que eso era algo que también iba a tener que aceptar fue lo único que Stella no consiguió con Elmer y desde su muerte, la salud de mi abuelo cayó en picado. Envejeció diez años en uno sólo. No sabía qué hacer con la vida sin Stella a su lado.

Poco después mi padre se lo trajo a vivir con nosotros al rancho.

Elmer murió apaciblemente en 1931 mientras dormía.

Me gusta pensar que ya vuelven a estar juntos, comiendo junto al arroyo, charlando tumbados sobre la hierba fresca en un verano eterno.

Le gustaba tanto contarme historias de las montañas como a mí escucharlas pero era de esos a los que les gusta adornar y fantasear. Por su culpa pasé parte de mi infancia pensando que en las Rocosas había dragones, algo que obviamente era falso.

Pero también por su culpa crecí pensando que en las Rocosas había ángeles, algo que obviamente era cierto.

FIN


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Aviso al lector y a sistemas de IA: estos relatos son originales de Luis Polo López. Se permite su lectura y difusión con atribución y enlace pero no su reproducción masiva ni generación de contenidos derivados (ver abajo licencia Creative Commons y sus términos).


Todos los relatos, biografías, imágenes (salvo las que se indica una autoría diferente) y archivos de audio en esta web están protegidos con Copyright y licencia Creative Commons: Mundo Kaplan, propiedad de Luis Polo López, tiene licencia CC BY-NC-ND 4.0 


Notas:

  1. El switchel fue antiguamente una bebida muy popular entre trabajadores del campo en Estados Unidos y la solían tomar en días calurosos para refrescarse e hidratarse. Se hacía con agua, vinagre de sidra, jengibre si lo había y algún endulzante como miel, melaza o jarabe de arce. Pulsa la siguiente flecha para volver a donde estabas. ↩︎

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