Mitch
Una fría mañana de principios de primavera, gélida más bien, de esas que sabes que es primavera sólo porque lo pone el calendario, ya se empieza poco a poco a notar que la actividad en el rancho va aumentando, como suele pasar en esta época.
Ya se ha incorporado al equipo de vaqueros uno de los eventuales, de los que no vemos desde el verano pasado. En las próximas semanas vendrá alguno más.
Aunque hace un par de semanas que no nieva en el valle, las heladas son muy intensas. El campo está completamente blanco, congelado, y cubierto levemente por una bruma del vapor que comienza a desprender al despuntar el día.
De pie desde donde estoy, si miras hacia el rancho, hombres y animales sueltan de sus bocas espesas humaredas de cálido aliento que se juntan unas con otras formando una gran nube de vapor en el centro del redil en el que estamos.
Margaret, mi caballo, gira su cuello en dirección al camino que llega hasta aquí, lanzándome una bocanada a la cara con ese curioso olor aceitunado que tienen los caballos. Instintivamente miro en la misma dirección.
Un hombre desconocido viene caminando.
No es que suela poner mi atención en la vestimenta de las personas pero la de este hombre llama la atención aunque no quieras. Inmediatamente se me vienen a la cabeza aquéllas personas de los Hooverville que todavía quedaban cuando me fui a estudiar a California [pulsa el 1 para ver nota]1.
Sus pantalones están tan rotos que no llegan a cubrirle los tobillos. No lleva más que una camisa por debajo de una chaqueta de lana llena de agujeros y que tampoco es que sea muy gruesa; desde luego insuficiente para el frío que hace. En los pies lleva algo que hace muchos años debieron de ser unos zapatos de cuero de andar por la calle, atados con unos cordeles que en algún momento debieron de ser blancos y que sustituyen a los cordones originales que habrán desaparecido hace también mucho tiempo.
El hombre, enjuto y huesudo, se abraza a sí mismo, aterido, con las manos en los sobacos intentando minimizar el frío, y se mueve vigorosamente, con paso rápido y ágil.
Tiene una cara curtida con la piel más bronceada de lo que la solemos tener por estas latitudes y no es de esas enrojecidas; es de alguien que vive al sol habitualmente. No es muy joven pero no tiene ni una cana en el pelo por lo que es muy complicado calcularle la edad. Entre treinta y muchos y cincuenta y muchos cualquiera podría ser.
Me apresuro hacia él en el mismo momento en que fija su vista en mí.
—Señor, ¿necesita ayuda? —le digo antes de llegar hasta la cerca.
—Buenos días —responde mostrando una sorprendente y cordial sonrisa—, ¿tién tabajo?
—Perdone, ¿cómo dice?
—¿Tién tabajo pa mí? Tengo esperencia.
—¿Que si tenemos trabajo?
El hombre asiente con la cabeza efusivamente, aún con su amplia sonrisa.
—Es posible pero venga conmigo, por favor. Hablemos dentro o morirá congelado; acompáñeme.
—Qué bien, qué bien —exclama emocionado mientras caminamos hacia la cabaña de los vaqueros, cada uno por un lado de la cerca. Viéndolo de lado me fijo en que en la mano, colgando por detrás del sobaco lleva un trozo de tela que, cogido por las cuatro esquinas, envuelve algo.
—Rowdy, ¿puedes venir? —le digo al capataz cuando estamos pasando a la altura del grupo de hombres y animales [pulsa el 2 para ver nota]2.
—¡Voy!, un momento.
—Entre, por favor —le digo abriendo la puerta—, acérquese al fuego para entrar en calor.
—Muchas gacias. Qué bien sestá quí.
—¿Un café? Aún está caliente —le digo mientras le acerco una silla al lado de la mesa que da a la chimenea.
—No quesiera molestar. Quizá lo pue pagar.
—Claro que no, faltaría más. Puede tomarse la cafetera entera si lo desea. Queda poco, le haré más; no es ninguna molestia.
—Discúlpeme —le digo mientras le sirvo lo que queda en la cafetera—, no quisiera ser indiscreto pero ¿de dónde es usted? No reconozco su acento pero seguro que no es de Wyoming.
—So de Lusiana, de junto al gran río.
—Ah, de Luisiana. Nunca he estado; tiene que ser bonito. Por cierto, mi nombre es Rick, Rick Kaplan —le digo extendiéndole la mano.
—Yo so Mitch Martin. Llámeme Mitch, por favó, cantao —dice estrechándome la mano de forma igual de efusiva que su sonrisa, aún presente.
En ese momento entra Rowdy, que se queda observando apoyado a una cajonera cerca de la puerta, al lado de la cocina, en cinematográfica pose de vaquero, elevando un lado de la cintura, con las manos al cinto apoyadas en los pulgares y el sombrero bajo. Le gusta hacerlo ante los nuevos para impresionar.
—Pues sí que ha llegado lejos. ¡Como para hacerlo andando! —le digo desahogadamente mientras me acerco a la cocina a preparar más café.
—Pos casitó lohecho andando, señor Rick. No lengaño.
—¡¿En serio?!
—Así comoloye, pasito a pasito, parando quí y llá. Muchos meses.
Mientras me dispongo a preparar otra cafetera, Mitch se gira sobre la silla acercando las manos al fuego y Rowdy, junto a mí, me habla en susurros.
—¿De dónde es este tío?, qué raro habla. ¿Francés?, ¿mexicano?
—Es de Luisiana.
—Joé, pues sí que hablan raro los de Luisiana.
—No seas zoquete, Rowdy, los de Luisiana no hablan así. Apostaría a que este tío no ha pisado un colegio en su vida. Ha dicho que es de junto al gran río; seguramente se haya criado en medio de un pantano del Misisipí.
—¿Sí? Madre mía [pulsa el 3 para ver nota]3.
—Está buscando trabajo. Vamos a charlar un rato con él, a ver si puede encajar.
—Mitch.
—¿Sí, señor Rick?
—Este es Rowdy, el capataz.
—Perdone, ¿coma dicho que se llama? —dice mientras se levanta para estrecharle la mano.
—Rowdy.
—Rody.
—No, Rowdy —le digo lentamente mientras veo que el capataz está entornando la mirada como si así fuera a entender mejor las palabras del recién llegado.
—Cantao —dice Mitch mientras Rowdy se queda inmóvil, con la misma mirada y asomando una sonrisa de cortesía.
—Ha dicho que encantado; que está encantado de conocerte —le traduzco.
—Claro, claro, igualmente. Le había entendido, hombre —dice girándose hacia mí con un gesto como si fuera yo el que no se está enterando.
—Que nombres más raros tien quí. Pero es bonito, ¿eh? Es un nombre bonito, con persualidá. Me gusta —dice mientras los tres nos sentamos a la mesa.
—Entonces, ¿buscas trabajo? Antes dijiste que tenías experiencia.
—Sí, señor. Hestao tabajando en el rancho Ferguson casun mes. ¿Lo cocen?
—¿Qué? ¿El qué? —pregunta Rowdy.
—Sí, conocemos el rancho Ferguson —le confirmo dando detalles para que Rowdy no se pierda aún más de lo que está.
—No so unsperto en caballos pero algo apendí, ¿saben?, yo no so un tío listo pero so mu tabajador y dócil. Pue tabajar más de doce horas día sin decansar.
—Bueno, Mitch, te agradecemos la sinceridad y la disposición pero no buscamos un esclavo. Ya sabrás entonces que este es un trabajo que a veces puede ser muy duro pero sólo necesitamos que la gente haga sus tareas y no cree problemas con los demás.
—So pue hacerlo mu fácil, señor Rick. A mi tampoco mustan los poblemas. A mí musta llevarme bien cola gente.
Miro a Rowdy para ver si descifro alguna reacción en él pero sigue con la mirada entornada y fija en Mitch. Parece como si estuviera intentando leerle los labios para ver si así le entiende algo.
—Póname a prueba —añade Mitch pensando que no nos está convenciendo—, pue tabajar gatis unos días. No sarrepentián.
—Eso no será necesario, Mitch. Si trabajas cobrarás. ¿Qué te parece Rowdy? Yo creo que podemos tener tareas para él.
—¡¿Eh?! ¿que? —pregunta Rowdy girándose repentinamente hacia mí, con la sorpresa de cuando interrumpes a alguien que estaba absolutamente concentrado en algo—. Oh, sí, sí.
No tengo ni idea de si Rowdy sabe lo que le he preguntado, probablemente no, pero creo que Mitch puede aportar cosas buenas al rancho, aunque no sé exactamente por qué. ¿Sabes cuando te parece estar viendo algo en alguien aunque no lo esté mostrando? Tengo una incierta fe en él.
—Bien, Mitch —digo levantándome de la silla y extendiéndole la mano nuevamente—, bienvenido al rancho Kaplan.
—Oh, calegría, calegría. ¡Muchas gacias! —exclama Mitch volviendo a mostrar esa sonrisa tan efusiva—. Ya veán, no sarrepentián. No so listo pero so buen tabajador.
—¿Verdad, Rowdy? —que aún sigue sentado y parece no tener ni idea de lo que está pasando.
—¡Claro! —exclama levantándose y estrechando la mano de Mitch.
—Bueno, Mitch, ahora acomódate, entra en calor y dentro de un rato te pondremos al día de todo. Esa litera está libre; será tuya mientras estés aquí.
—Gacias, gacias.
—Por cierto, no hace falta que me llames señor Rick; con Rick vale.
—Bien, pero ¿limporta si sigo llamándole sí?
—Como tú prefieras. No hay problema.
—Esque musta ser cotés y ducado.
—De acuerdo, yo ahora tengo que marcharme a Casper a ocuparme de unas gestiones. Volveré mañana por la tarde. Quedas en manos de Rowdy.
—Claro —confirma Rowdy con una fingida sonrisa mientras disimuladamente me agarra del brazo empujándome aparte.
—Pero ¿cómo que te vas? —susurra enérgicamente mientras nos alejamos de Mitch—. Necesito un maldito interprete. Como te vayas ahora te juro que te mataré una noche mientras duermes.
Me separo un poco de él, le pongo las manos en los hombros y le hablo con fingido paternalismo:
—Sé que puedes hacerlo, Rowdy. Confío en ti. Puedes hacerlo, muchacho.
—Te mataré. Envenenaré tu comida. Sé muchas formas de matar —dice poniendo cara de asesino mientras comienzo a alejarme hacia la puerta.
Rowdy está muy lejos de ser el cazurro que pretende aparentar. Es un hombre que ronda los cincuenta muy capaz para cualquier cosa si se lo propone, templado y con un don para la diplomacia y la gestión de los hombres, pero le gusta esa pose de vaquero huraño e inquietante. Y si le doy motivos para amenazarme de muerte, pues mucho más entretenido para él.
—Tú puedes, Rowdy, tú puedes —le digo levantando ambos pulgares, ya en la puerta, pero caigo en algo que había olvidado y me vuelvo a acercar a él a hablarle en voz baja.
—Oye, prestadle algo de ropa o se nos morirá congelado. No hay nadie aquí tan delgado pero tiene más o menos mi estatura. Dejadle algo mío.
—Oh, muchas gracias, Rickie, por decírmelo. Jamás se me hubiera ocurrido a mí solito. No sé qué sería de mí sin ti.
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Los Ferguson
Durante mi ausencia Mitch se me viene a la cabeza en numerosas ocasiones; una persona tan peculiar y que parece sacada de otra época. No sé por qué tengo esa sensación de que tiene una fascinante historia a sus espaldas, aunque quizá trágica.
Al día siguiente, volviendo ya en dirección a casa, aprovecho para pasarme por el rancho de Ferguson y preguntarles por él. Apenas tenemos relación más que de saludarnos pero entre los ranchos de la región todos nos conocemos en mayor o menor medida.
Cuando llego, el señor Ferguson y su hijo, Bud, salen a recibirme; enseguida me reconocen.
—Kaplan, bienvenido. ¿Qué te trae por aquí? ¿Cómo están tus padres?
—Buenas tardes, señor Ferguson, Bud. Mis padres están bien, gracias por preguntar. No vengo por nada importante. Pasaba por aquí y quise aprovechar para hacerles una pequeña visita y de paso una consulta, si tienen un minuto.
—Claro, pasa. Como en tu casa —dice mostrándome la entrada a la vivienda.
—Muchas gracias.
Los tres nos sentamos en cómodos sofás del salón, alrededor de una mesa de café.
El señor Ferguson es un hombre de unos sesenta años o poco más, entre canoso y pelirrojo, de trato jovial y voz grave y potente. Tiene la cara alargada y el pelo mucho más corto a los lados que por arriba, lo que da a su cabeza una peculiar forma de obús.
Su hijo Bud (creo que es el menor) ronda los treinta y tiene los párpados permanentemente a media asta; de esas personas que parecen estar siempre a punto de quedarse dormidas. Todavía no ha abierto la boca ni para saludar. Me mira fija e inquisitivamente, algo que con esa expresión en los ojos da la impresión de que le caigo mal por el simple hecho de haber nacido.
—Verán, ha llegado un hombre a nuestro rancho solicitando empleo. Mitch Martin —en cuanto escucha el nombre, el señor Ferguson eleva la cara hacia el techo con una carcajada silenciosa—. Ha dicho que pasó por aquí y quería…
—Mitch, claro —interrumpe el señor Ferguson asintiendo con una sonrisa y buscando la complicidad de su hijo, que permanece impertérrito en la misma posición que antes —Verás Kaplan, Ricardo, ¿verdad? —me pregunta, a lo que asiento con la cabeza—. No soy quién para opinar sobre a quiénes deben de contratar otros pero si vienes pidiéndome mi opinión pues te la daré, y ese hombre no hará absolutamente nada. Es todo un personaje, eso te lo reconozco, pero no sabe hacer nada de nada; es un maldito inútil. ¿Verdad, Buddy?
Buddy ahora reacciona con una leve y lenta risa gutural y mueve los ojos hacia su padre pero rápidamente los vuelve a mí, como temiendo perderse algún detalle que le confirme que no merezco la vida.
—Sí, es un hombre muy peculiar; eso es verdad —le digo con sonrisa de complicidad—. Pero llegó ayer por la mañana y yo me tuve que marchar a Casper; no he tenido oportunidad de formarme una opinión. Ahora estoy volviendo, a ver qué tal fue. No quise desaprovechar la ocasión de parar a saludarles y ya de paso preguntarles por él.
—No sé, Ricardo. No quiero que pienses que no sé valorar a las personas pero ese hombre no sirve para nada aquí. Quizá en su tierra sea muy bueno en lo que sea a lo que se dedican allí abajo pero aquí… —dice negando con la cabeza para rematar la frase.
Por fin, Buddy dice sus primeras palabras:
—No es más que un andrajoso —exclama con una sonrisa, haciendo que sus labios adopten una peculiar forma escalonada subiendo en dirección a las orejas.
El señor Ferguson explota en carcajadas y su hijo inmediatamente le sigue, emocionado por provocar esa reacción en su padre, mirándose mutuamente y asintiendo mientras ríen y buscando mi complicidad. Buddy con esa decadente risa gutural, como a media velocidad, que juntándose con la potente voz de su padre hacen que me venga a la memoria la sección de orangutanes del zoo de Los Ángeles.
—¡Un andrajoso! —repite el señor Ferguson con dificultad entre las carcajadas, celebrando la locuacidad de su retoño como un claro síntoma de que la estirpe de su apellido se sigue perpetuando como superior a la media.
Intento cortésmente mostrarles la risa de complicidad que buscan, esperando a que se callen para despedirme.
La fiesta no duró mucho más y por fin me pude marchar.
No puedo evitar pensar en cómo es que este tipo de personas que necesitan sentirse mejores que otras, nunca incluyen lo de ser mejor persona.
Aunque no se merezca ese desprecio, en realidad no puedo descartar que en el fondo tengan razón y Mitch no tenga capacidad para este trabajo. Tras salir de casa de los Ferguson no he podido evitar rememorar las veces que el propio Mitch insistió en que no es listo. Quizá mi mente se haya creado una fantasía alrededor de un personaje tan exótico, puede que influida por la empatía que sentía por los habitantes de los Hooverville a los que me recordó cuando lo vi.
Algo después, hacia media tarde, llego al rancho justo cuando los chicos están recogiendo para terminar la jornada. Aunque no había motivo para pensar lo contrario, me da cierto alivio ver a Mitch entre ellos, trabajando como uno más, con esa forma vigorosa y enérgica que tiene de moverse.
Mientras entran, unos a las caballerizas y otros ya a la casa de los vaqueros, me quedo fuera esperando y Rowdy entiende la intención, y cuando ya no hay nadie a la vista se acerca a mí.
—¿Qué tal? —le pregunto arqueando las cejas.
—Sorprendentemente bien, la verdad. Ya más o menos le voy entendiendo pero ¿sabes? Lo que más me llama la atención es que él sigue disculpándose por no ser listo. Yo no soy uno de esos loqueros que analizan la mente, ¿sabes?, pero al menos yo no veo nada de tonto en él.
—Ah, bien, bien.
—¿Sabes, Rick? Este tío sabe hacer muy pocas cosas del rancho pero si se las explicas bien las pilla con facilidad; pone interés. No sé qué hizo en el Ferguson pero allí no le enseñaron nada de nada. No entiendo qué hicieron con él durante un mes. ¿Reírse de él? —pregunta exagerando un gesto de incomprensión, a lo que asiento enérgicamente—. La verdad es que es muy buen trabajador. Dale algo que ya haya aprendido y lo terminará en la mitad de tiempo que cualquiera de nosotros. Además es un buen tío; es de esos que se preocupan de que los demás estén a gusto.
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No había manera
Mitch Martin estuvo durante toda la primavera y parte del verano con nosotros y no tardó mucho en convertirse en una pieza indispensable del rancho. Se integró muy bien con los demás y además dando ese toque exótico que acabó dando muy buenos momentos entre nosotros. Muchos lo pican sanamente con su acento y sus costumbres pero él no se echa atrás y hace lo mismo con las nuestras, dando momentos divertidos.
Dice estar convencido de que los de esta parte de Wyoming tenemos algo de caballo dentro y asegura que cuando dormimos, no roncamos, relinchamos.
Rowdy, que también le cogió un especial afecto, se puso con él de lunes a viernes después de cenar a enseñarle a leer y a escribir, ya que apenas sabía hacer ninguna de las dos cosas si eran palabras de más de dos sílabas. Mitch no tenía el menor reparo en reconocer su ignorancia al respecto pero sí ganas de perderla y esa mente abierta fue de mucha ayuda para que mejorara mucho en poco tiempo y acabó haciendo ambas cosas de forma bastante aceptable. A veces hasta le ponía deberes y él los hacía con la misma diligencia que cualquier otra tarea.
Eso también hizo que el vocabulario de Mitch, no es que llegara a ser completamente legible pero también mejoró bastante.
A pesar de todo eso, apenas cuenta nada de su vida o de su pasado; algo que me tiene intrigado.
También, aunque acepta que le dejemos un abrigo cuando hace mucho frío, él sigue con la misma ropa que cuando llegó. No es por falta de higiene; él sea asea y lava la ropa igual que todos, y tampoco por dinero; no hemos visto que malgaste en nada lo que cobra. De hecho nadie le ha visto gastar ni un centavo en nada.
Un día de finales de Junio, terminando la jornada, mientras desensillo mi caballo, Mitch se acerca a mí.
—Señor Rick, ¿puedo hablar con usté?
—Claro, dime.
—Si teviera cinco minutos…
—Ah, sí, claro, termino con esto… Será sólo un segundo.
Un poco después nos sentamos a una mesa que hay a la sombra de un gran nogal, cerca de la casa, con el sol de media tarde y una leve brisa que aporta lo justo para no sufrir por el calor.
Hablamos un par de minutos sobre las tareas de la jornada hasta que en un breve silencio pone un cierto gesto de decepción o de pena; no estoy seguro, y entiendo que está ansioso por decirme lo que me quiere decir.
—Verá, señor Rick, quería hablar esto con usté porque desde el pimer día me paece que es usté común amigo.
—Yo pienso lo mismo —le digo, pero no me extiendo en detalles para no interrumpirle.
—Ecaso es que en unos días teré que macharme y me da mucha pena pero teno cacerlo.
—Si tienes que hacerlo nada te lo impedirá aunque te echaremos mucho de menos pero… ¿estás bien? ¿Hay algo en lo que te pueda ayudar?
—No, no es na malo, señor Rick —dice cambiando su semblante a uno mucho más alegre—, es que viene mija mayor a casa.
—¿Tu hija?
—Sí, señor Rick. Mija Marietta.
No sé qué preguntarle sin parecer indiscreto y Mitch se da cuenta.
—Marietta es la pimera de la famila que va luniversidá, ¿sabe?, a Lafayette. Ella sí ques lista, mu lista.
—Ah, qué bien, Mitch. Me alegro mucho por ti y por tu hija. No sé cuanto tiempo estará en casa pero aunque te vayas seguirá habiendo sitio aquí para ti al menos hasta final de verano, ¿sabes? Si te coinciden las fechas con la visita…
—Temo que no será posible, señor Rick, verá, sá visita es loque metajo hasta quí.
—¿Sí?, ¿y eso?
—Pos hestao tabajando para podé pagar este viaje de Marietta. Ella sí ques lista. Ellastán teligente que lan dao una beca pastudiar pero aún así ha mucho que pagar, ¿sabe? Pero somos mu pobres y no nos llega pa na, ni pa comé. Hempezao tabajando cerca de casa, quí y llá, luego otro sitio malejos y asín querelo llegaostaquí. Juntando dinero paque Marietta pueda vení a vernos un mes y no pase hambre mientas está. No tendé dinero pa volvé.
—Mitch, déjame que te diga algo muy en serio que tenía que haber hablado contigo ya hace tiempo. No sé de dónde sacas que tú no eres listo; aquí te hemos conocido, no hay ni una persona en este rancho que piense que no eres listo. No te lo digo por amistad.
—Oh, señor Rick, yo selo agadezco pero… que no le pareza mal perostá usté quivocao. Lo supe ta mi vida. Si fuera listo habría llegao álgonla vida.
—Eso no es así. Hay tantos listos sin un centavo como zopencos con grandes empleos, te lo puedo asegurar; lo he visto con mis propios ojos. Y a ti todos te hemos visto la facilidad que tienes para aprender. ¿Por qué dices que lo supiste toda tu vida?
—Yo nunca fui al colegio, señor Rick. Apenas sabía ler yscribir antes de llegar qui, ya lo sabe. Mi ma quisonseñarnos pero se desperaba y ni con zurras aprendímos.
—¿Con zurras?
—Sí, señor Rick, pa que aprendéramos pero éramos sietermanos, ¿sabe?, con siete años de difencia ente el mayor y el pequeño. Nora fácíl pa ella. Un día dijo que nabía manera y se rindió. Había que ponerse a tabajar porcacía mucha falta pero eso fue peor poquenfadó a pa. Él tenía lesperanza de calguno lo sacáramos de pobre y cuando vio que no… él si que sabía dar zurras de verdá. Tonces pezó a beberse la mitá de que ganábamos y to fue a peor. Tonces nos zurraba aún más…
—Lamento mucho escuchar todo eso.
—Pero tonces me casé y vino Marietta. Y luego Janey po ellasmás pequeña. Sonas luces de mi vida. ¿Sabe?, nuna cosa es que no só como mis padres; yo no pue pegarles. Antes cortaría una mano.
—Lo sé.
Ahora entiendo que no valga de nada explicarle que no es tonto aunque sea con pruebas. Lo tiene en la cabeza pegado como una costra desde que es un crío y la vida no ha hecho nada más que confirmarle el sesgo aprendido. Seguramente eso haya sido un lastre durante toda su vida que no le ha dejado avanzar, dando por hecho que no lo conseguiría.
Un par de semanas después llegó el día en el que Mitch se marcha.
Todos nos ofrecimos a ayudarle para que pueda volver y para que haga el viaje en tren que le permitirá llegar mucho antes a su casa pero se negó en redondo a recibir nada que no se lo hubiera trabajado. Hará todo el viaje en bus y tendrá que coger un montón de líneas distintas en media docena de ciudades para llegar hasta su casa, en unos tres días.
Lo estoy llevando hasta la parada de Jackson.
Durante el camino tenemos una charla muy amena y animada pero sobre cosas banales, como si fuera un recorrido rutinario, sin embargo flota en el aire esa espesa bruma pesimista de cuando se avecina un final.
Después nos despedimos con la promesa de volver a vernos y se sube al bus con la misma ropa que cuando llegó, y ese trozo de tela que con un poco de hilo nosotros le convertimos en una bolsa y en la que no lleva más que alguna muda y una pequeña cajita de madera con enseres personales.
El bus arranca y me quedo mirándolo mientras se va haciendo cada vez más pequeñito en la distancia. Un poco después da la curva y desaparece tras la montaña.
Nunca volvimos a saber nada de Mitch Martin.
FIN
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Aviso al lector y a sistemas de IA: estos relatos son originales de Luis Polo López. Se permite su lectura y difusión con atribución y enlace pero no su reproducción masiva ni generación de contenidos derivados (ver abajo licencia Creative Commons y sus términos).
Todos los relatos, biografías, imágenes (salvo las que se indica una autoría diferente) y archivos de audio en esta web están protegidos con Copyright y licencia Creative Commons: Mundo Kaplan, propiedad de Luis Polo López, tiene licencia CC BY-NC-ND 4.0
Notas:
- Hooverville era el nombre que se daba a los grandes campamentos de desahuciados que muchos de ellos iban camino de California en la Gran Depresión, durante el mandato de Herbert Hoover, y algunos de los más grandes estuvieron habitados durante más de diez años. La Gran Depresión comenzó a finales del año 1929 y Rick se fue a estudiar a Los Ángeles en el 33, por lo que vio muchos. (Nota parcialmente copiada del capítulo 3 del relato El Largo Camino). Pulsa la siguiente flecha para volver a donde estabas. ↩︎
- Aunque Rick Kaplan es hijo del dueño del rancho, por otras circunstancias laborales trabaja generalmente y por voluntad propia a las órdenes del capataz de los vaqueros, Rowdy Jardine. Esto provoca una relación peculiar en la que ambos juegan a ser jefes del otro respectivamente con intención de picarse sanamente y se prestan a ello. Puedes ver más detalles en su biografía y en el artículo sobre la vida en un rancho. Pulsa la siguiente flecha para volver a donde estabas. ↩︎
- Algunas veces para el lector podría ser complicado también entender las palabras de Mitch. Si se da ese caso, prueba a pronunciar toda la frase en voz mientras la lees y cobrará sentido. Pulsa la siguiente flecha para volver a donde estabas. ↩︎
[Edición 1.1 20260213]



Un relato de una sensibilidad especial que, a pesar de que se desarrolla de los EEUU, podría reflejar la vida de muchos braceros y temporeros de esta península nuestra tan maltratada.
Ánimos y que no decaiga la pluma!
Mil gracias por leerlo y comentario, Alex. Se agradece de verdad.